05 LA SECCIÓN DE BIBLIOGRAFÍA DE LA BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA

 Cuando recibí el alta médica, me incorporé a mi trabajo en la Biblioteca Nacional. Me presenté ante el subdirector, D. Manuel Carrión Gútiez, que me adscribió a la Sección de Bibliografía. Pudo haber varios motivos en este nuevo destino: por una parte, la Sala Universitaria ya estaba funcionando y, por otra, aquella Sección se encontraba en fase de reorganización con muy escaso personal. Tal vez pudo haber una tercera razón: mi padre, D. Justo García Morales, había sido jefe del Servicio Nacional de Información Bibliográfica desde 1952 hasta 1970, año en el que aquel se incorpora al Instituto Bibliográfico Hispánico [2] [3].

 La Sección de Bibliografía heredó la colección del Servicio. Se pretendía ponerla a libre acceso de los lectores, completarla y actualizarla. Quizá presuponían que, por ser hijo de mi padre, dominaba la bibliografía y que, en todo caso, contarían con su apoyo indirecto al nuevo proyecto. Al frente del mismo se encontraba una de las mejores bibliotecarias españolas, tanto por su cultura literaria e histórica, como por sus conocimientos técnicos: Dª Mercedes Dexeus Mallol, casada con D. Jaime Moll Roquetas (19126-2011), musicólogo, bibliotecario (durante años dirigió la biblioteca de la Real Academia Española), profesor de historia del libro en la Escuela Documentalistas, catedrático de Bibliografía en la Universidad Complutense de Madrid y gran impulsor de la bibliografía material en España.

 Las funciones que realizaba en la Sección de Bibliografía consistían en clasificar las nuevas adquisiciones y los repertorios trasladados de la antigua colección, cambiar las signaturas topográficas en los distintos catálogos, localizar bibliografías en el Índice General y atender a los usuarios.

 

En cuanto a la primera función, consistía en asignar una notación de un sistema de clasificación de obras de referencia diseñado por Mercedes Dexeus Mallol. Su descripción se puede encontrar en su artículo sobre esta Sección. Digamos que comprendía tres grandes secciones: la primera, identificada por la abreviatura B, correspondía a los repertorios y obras de consulta generales; la segunda, formada por las iniciales BM (Bibliografías de Materias) y una notación abreviada de la clasificación CDU del asunto, se refería a las obras de referencias especializadas. La tercera sección correspondía a los libros profesionales adquiridos por cualquier procedimiento. A la abreviatura IB (Información Bibliográfica) seguía el número de la CDU, también abreviado, correspondiente a la materia sobre la que versaba la obra: teoría de la bibliografía, biblioteconomía, documentación, archivística, museología, historia de la imprenta, etc.[4] Aún existía un cuarto grupo constituido por las publicaciones de la colección del Servicio Nacional de Información Bibliográfica que aún no se había trasladado al fondo colocado a libre acceso de los usuarios, o que no merecía la pena transferir por falta de actualidad, de calidad u otros motivos. Los libros se identificaban por su antigua signatura topográfica formada por la abreviatura IB y un número correlativo.

 

El traslado de una publicación implicaba tachar a lápiz la antigua signatura topográfica y escribir la nueva en todos los catálogos de la Sección, en el Índice General y en las fichas del catálogo diccionario y sistemático utilizados por los usuarios para evitar que los libros se “perdieran” o resultaran ilocalizables. Los traslados podían afectar a una publicación del fondo del Servicio Nacional de Información Bibliográfica o a una obra de consulta o libro profesional ubicada en el Depósito General. Si se encontraba en él, revelaba una disfunción en alguno de los puntos del proceso técnico: adquisiciones, clasificación o en la Sección de Depósito. Si estas equivocaciones se producían con frecuencia, o si se trataba de un volumen suelto de un repertorio, cuyos restantes volúmenes estaban en la Sección de Bibliografía, Mercedes se enfadaba con los responsables de estas unidades o, incluso, con el Subdirector, pues había una fundada sospecha, que se remontaba a la época en la que mi padre dirigía el mencionado Servicio, de que había un cierto boicot a la Sección. Lo cierto es que había muchas limitaciones para que ésta recibiera todas las obras de referencia y publicaciones profesionales ingresadas en la Biblioteca Nacional. La primera era el elevado importe de estos materiales y el presupuesto, no muy elevado, destinado a la compra, que dificultaba la adquisición de más de un ejemplar. Aquellos que versaban sobre la temática de una Sección Especial (África, Hispanoamérica, Literatura infantil...) o se referían a un tipo de material bibliográfico especial (manuscritos, incunables, impresos antiguos, partituras, grabados, mapas...) se destinaban a la unidad correspondiente.

 

Algo similar sucedía con las bibliografías seriadas, identificadas en el Servicio Nacional de Información Bibliográfica con la signatura topográfica IB Ser. más un número correlativo. En este caso se cambió de criterio varias veces: desde guardar todas las entregas en la Sección hasta dejar en ella los dos o tres últimos años editados y conservar los anteriores en el servicio de Revistas. En este caso contaba con la inestimable ayuda y cierta complicidad laboral de mi compañera Matilde Carmona. Los dos intercambiábamos fichas catalográficas con unas detalladas descripciones de los cambios habidos en la historia y colección de cada bibliografía periódica.

 

Las limitaciones a las que me refiero nos indujeron a la siguiente función que realizaba: localizar los repertorios bibliográficos y obras de consulta mencionados en las principales bibliografías de bibliografías (Tomo II de la Bibliografía de la Literatura Hispánica de José Simón Díaz[5], Manuel du bibliographie de Louise Nöelle Malclès[6]Guide treference books[7], Guide to reference material[8]...) en el Índice General. Esta tarea requería habilidad en el conocimiento de las diferentes normas catalográficas españolas y de ordenación que se reflejaba en las papeletas del Índice. Estas variables obligaban a buscar por distintas formas del encabezamiento principal o por palabras del título. Cuando hallábamos una obra que no figuraba en el catálogo sistemático de la Sección[9], auténtico inventario colectivo de las bibliografías y catálogos existentes en la Biblioteca Nacional, redactábamos una copia del registro para mecanografiarlo, reproducirlo e intercalar las fichas en aquel. También se evaluaba si merecía la pena trasladarlo o no a la colección de la Sección de Bibliografía. En el supuesto de que Mercedes Dexeus decidiera que merecía la pena trasladarla, se llevaban a cabo las tareas ya referidas; en caso negativo, se consignaba la signatura topográfica en nuestros catálogos. Incluso había otra posibilidad: informar a una Sección de la existencia del repertorio, por si les interesaba trasladarlo a su colección.

 

Si tenemos en cuenta que la Clasificación Decimal Universal se empezó a aplicar en la década de los años 1930 y que el catálogo diccionario se inició en 1956[10], se comprenderá que "encontráramos" algunos repertorios que estaban diluidos en el Depósito General. Cuando teníamos alguna dificultad o las referencias no llevaban a ningún punto de acceso, todo el personal que trabajaba en la unidad de catálogos me ayudaban a la vez que agradecían las disfunciones que percibía y les comunicaba. Emilia de la Cámara, Teresa Estrada, Roberto Liter, Julio Polo, Carmen Ortega Benayas, Natividad Correas ... me enseñaron mucho en aquella época de incipiente bibliógrafo.

 

Entonces, la Biblioteca Nacional de España adolecía de un espacio físico dedicado a la orientación y la información bibliográfica. Las funciones y colecciones estaban distribuidas en cuatro zonas como mínimo: la Sección de Bibliografía, el Salón de Estudios, el llamado patio de las lechugas y la zona de catálogos del público. Esta carencia también existía cuando mi padre dirigía el Servicio Nacional de Información Bibliográfica.

 

La Sección de Bibliografía estaba ubicada en la primera planta del espacio ocupado entonces por las secciones especiales y hoy por los distintos laboratorios. La planta estaba dividida en dos zonas: una dedicada a la sala de lectura, a los habitáculos destinados a los investigadores, que los solicitaban, y los repertorios generales, fundamentalmente las bibliografías nacionales. En la otra parte se encontraban los puestos de trabajo del personal, los catálogos, las colecciones del Servicio Nacional de Información Bibliográfica, la Biblioteca del bibliotecario y de repertorios especializados.

 

La limitación de la distancia del Índice General se salvaba con un ejemplar fotocopiado del Índice General realizado con los medios técnicos y económicos aportados por el Instituto Bibliográfico Hispánico, al que también le interesaba disponer de una copia para fijar las autoridades de los puntos de acceso de los registros catalográficos que componían el repertorio Bibliografía Española

 

Las obras de consulta (enciclopedias, diccionarios, principales tratados de cada materia, colecciones de clásicos literarios...) se encontraban en las estanterías adosadas a las paredes del Salón de Estudio.

 

Los grandes catálogos colectivos (The National Union Catalogue), y los catálogos de las grandes bibliotecas nacionales europeas impresos estaban albergados en estanterías del llamado patio de las lechugas, - se le llamaba coloquialmente así por las plantas que había en él - que daba paso a las unidades de Bellas Artes y de Manuscritos, Incunables y Raros, así como a los ascensores que comunicaban con las Secciones Especiales. Allí, en el centro, también se encontraban los catálogos al público de estas Secciones.

 

En la zona de catálogos al público había un espacio de trabajo donde, a la vez que se intercalaban las fichas, se formaba a los lectores en el manejo de los ficheros y se trataba de resolver algunas incidencias. Cuando no se podían solucionar, se enviaba una ficha al Índice General a través del "tubo". Este consistía en un mecanismo neumático de tubos que impulsaba un contenedor de plástico duro, donde se introducía una ficha con la incidencia y/o la respuesta, mediante aire a presión.

 

 

La tarea que más satisfacción me producía de las que tenía asignada, era la atención al usuario. Debo confesar que, si me decidí por desempeñar mi actividad laboral en el mundo de las bibliotecas, fue porque quería ayudar a mis semejantes. Mi formación académica, licenciado en Literatura Española, no daba muchas oportunidades en este sentido. He de agradecer a Mercedes Dexeus su confianza en mí al permitirme que orientase a los lectores cuando acudían a la Sección. Esta se encontraba emplazada en un local poco accesible: la primera planta de la zona donde se encontraban las secciones especiales, ocupado hoy por los laboratorios fotográficos, de restauración...

 

Así pues, los usuarios que atendía, eran estudiosos, personal docente e investigadores que iban buscando más información de la que figuraba en los catálogos de la institución. Mis funciones me ayudaron mucho, pues llegué a conocer la colección de la Sección y los principales repertorios que se encontraban en otras unidades. No eran muchos los lectores que acudían, pero sí eran agradecidos y con algunos llegué a alcanzar cierta complicidad. El manejo de las bibliografías me confirmaba las palabras que pronunciaba mi padre en sus clases de Bibliografía impartidas en la Escuela de Documentalistas: "El valor de un repertorio depende del número de índices que le complemente: un repertorio equivale a tantos como índices tenga, pues dispone de más posibilidades de recuperar información". Estas palabras eran ciertas, pero lo índices no tenían la capacidad para combinar varios criterios de búsqueda a la vez y recuperar las referencias más pertinentes. Sin embargo, el álgebra de Boole empleada en las bases de datos remotas, sí lo facilitaban. Así lo había visto en las clases prácticas de teledocumentación, impartidas en la Escuela por los técnicos de FUINCA, dirigida por D. José María Berenguer. La industria de las bases de datos, muy incipiente aún en España[11], y las redes de telecomunicaciones, todavía sin un protocolo universal, facilitaban acceder a sistemas de gestión de bases de datos en ordenadores ubicados en países muy lejanos, Un lenguaje de comandos (aún no existían los OPAC) hacía posible buscar en los ficheros por varios criterios, combinar los resultados y obtener los registros bibliográficos que respondían a la consulta. ¡Eso sí era una buena bibliografía para suministrar a los lectores! El objetivo estaba claro: había que automatizar los repertorios y los catálogos de las grandes bibliotecas, que actuaban como auténticas bibliografía si obviábamos la localización física del documento.

 

A todo ello se unió una larga conversación con mi tío, Ernesto García Camarero, que, en una visita que hizo a mi padre, nos comentó que se había creado en la Universidad Complutense de Madrid un Grupo de trabajo para la informatización de su catálogo. Ernesto era entonces el director del Centro de Cálculo de la Universidad y yo estaba preparando las oposiciones a su recién creada Escala Auxiliar de Archivos y Bibliotecas[12]. En efecto, mi estado de salud no me permitía el esfuerzo de dedicarme a la preparación de la oposición al Cuerpo Facultativo de Bibliotecas, que obtuvieron mis compañeros y amigos Carmen Alba López y Carlos Ibáñez Montoya: nuestros caminos profesionales se bifurcaban de momento. En el mes de noviembre de 1979, aprobadas las oposiciones, tomé posesión de mi puesto de trabajo en la biblioteca del Centro de Cálculo. Mis tareas iban a ser triples: organizar su colección, colaborar en el diseño del programa destinado a la automatización del catálogo colectivo de la Universidad Complutense de Madrid y ayudar en la revisión de las obras de referencia de la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras.

 

Me fui con tristeza de la Biblioteca Nacional: allí quedaban mi padre, mi hermana Eloísa, mi novia Charo, algunas amistades y un trabajo, en especial el desarrollado en la Sección de Bibliografía [13], que me gustaba. Allí, además de Mercedes Dexeus, dejé compañeros entrañables con los que trabajé en la Sección: Pepita García López y Pedro, sobre todo. Pepita, que guardaba un gran parecido con la actriz Rafaela Aparicio, antes de incorporarse a la Biblioteca Nacional, fue habilitada del Sindicato de boxeo. En la Sección hacía las tareas propias de un auxiliar administrativo y ayudaba en la ordenación e intercalación de las fichas catalográficas, procedentes del Instituto Bibliográfico Hispánico, que tenían más de un número prefijado de páginas dedicadas a reseñar bibliografía. Traté de explicarla para qué servía la CDU y la puntuación de las ISBD, poniéndola como ejemplo que, si un usuario japonés consultara y conociera esas normas bibliográficas, sabría de qué trataba el libro y que el dato que seguía a tal puntuación era una colección. Me miró a los ojos y me preguntó:

 

-       Y, ¿cuántos lectores japoneses viene a la biblioteca al año?

 

En ese momento me enfadó su pregunta, yo que, como siempre, me sentía orgulloso de la normativa bibliográfica. Poco tiempo después me reía recordando su respuesta llena de sentido común. Cuando me entero de alguna nueva norma o proyecto internacional encaminado a la transferencia de información bibliográfica, me formulo en silencio la misma pregunta que Pepita.

 

Pedro ¿Álvarez? (no estoy seguro de su apellido) era un conserje que, además de colocar los volúmenes en las estanterías y distribuir la correspondencia interior, confeccionaba los tejuelos y los pegaba en los lomos. Pedro también trabajaba como cobrador de los autobuses municipales, cuando en éstos iban dos personas: el conductor y el cobrador ubicados, respectivamente, al comienzo y al final del autocar. Los viajeros de entonces entrábamos por la puerta trasera. No resultaba raro encontrarle en un autobús de la línea 27, que era la que tomábamos Charo y yo para desplazarnos a la Biblioteca o a nuestro domicilio. Cuando esto sucedía, nos saludábamos y charlábamos brevemente. Pedro tenía un bigote con las puntas engominadas hacia arriba que daba personalidad a su rostro. Un día desapareció. Probablemente porque no pudiera compatibilizar los dos trabajos, pues, a menudo, cuando más le necesitabas, desaparecía: comenzaba su turno en los autobuses públicos de Madrid.

 

Le sustituyó otro “portero”, como se les llamaba entonces, llamado Manolo Ramos. Era un antiguo guardia civil partidario de los militares que se sublevaron el 18 de julio de 1936. Cuando se producía algún atentado o se tomaba una decisión drástica durante la transición, siempre te decía lo mismo:

 

-          Si viviera Franco, esto no hubiera sucedido.

 

O

 

-          ¡Cuidado con Carrillo! Ese es malo, malo, malo. Si le contara lo que vi en Paracuellos.

 

En aquellos días resultaba muy delicado significarse políticamente. Por esta razón, le escuchaba y le miraba, pero sin darle a conocer mis ideas al respecto.

 

Y Mercedes Dexeus Mallol. Era una bibliotecaria que sentía una sincera admiración por mi padre, al que siempre citaba en artículos y conferencias y al que sucedió al frente del Servicio Nacional de Información Bibliográfica, en 1972, y del Centro Nacional del Tesoro Documental y Bibliográfico en 1984, cuando D. Justo se jubiló. Ha sido, también ella ya está retirada, una de las bibliotecarias más formadas e importantes del panorama bibliotecario español. Además de impulsar la presencia de bibliotecarios españoles en los organismos profesionales internacionales, contribuyó en la redacción de la normativa estatal sobre el patrimonio histórico español. Organizó y puso en marcha, en colaboración con mis compañeros bibliotecarios Xavier Agenjo Bullón, Pilar Palá y María Jesús López Bernardo de Quirós, la automatización del catálogo colectivo del patrimonio bibliográfico español. Bajo su dirección y aprovechando la bonanza económica y el interés de algunos directores generales de la Biblioteca Nacional por los impresos antiguos, adquirió miles y miles de piezas (manuscritos, incunables, impresos antiguos, grabados, mapas, partituras …) que faltaban en su colección. Tal vez tuviera algunas veces un fuerte carácter en el trabajo, pero no se ha merecido la salida anónima y silenciosa que tuvo cuando se jubiló. Cuando Mercedes obtuvo la dirección de la Biblioteca de la Universidad de Barcelona, la sustituyó al frente de la Sección de Bibliografía nuestra compañera Concha Lois Cabello.

 

El último día de trabajo, me juré que regresaría a esa misma unidad. Volví a la Biblioteca Nacional, pero nunca pude o me dejaron tornar a Bibliografía. A comienzos del siglo XXI concursé a un puesto de Técnico Superior de Bibliotecas adscrito al Servicio de Información Bibliográfica, pero la Directora Técnica, la Directora del Departamento de Referencia o el Jefe de Servicio de Consulta y Referencia me vetaron. Era otro concepto de bibliografía, más centrado en los repertorios como materiales especiales que en la información al usuario. Eso fue mucho tiempo después, ahora ya contaba con un trabajo fijo, desaparecía el miedo con el que discurría cada mes de diciembre, pendiente de que nos renovaran el contrato temporal, y podíamos ir pensando en casarnos y formar un hogar. Además, iba a trabajar algo entonces muy novedoso: la automatización de bibliotecas.

 



[1] Hay dos artículos básicos para conocer el origen y el devenir del servicio de información bibliográfica en la Biblioteca Nacional: Dexeus, Mercedes. La Sección de Bibliografía de la Biblioteca Nacional de Madrid» Boletín de la ANABAD, 29 (1979), n.º 2, p. 81-86.  y el de Lois Cabello, Concepción. El Servicio de información bibliográfica de la Biblioteca NacionalBoletín de la ANABAD, 39 (1989), n.º 3-4, p. 565-569

Justo García Morales escribió dos artículos sobre el Servicio Nacional de Información Bibliográfica: Funcionamiento del servicio de información bibliográfica, publicado en: Coleccionismo; revista de coleccionistas y curiosos, año XL, nº 205, 1953, p. 7-9 y Servicio de Información Bibliográfica. – Madrid: Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, 1953. – 18 p. – (Anejos del Boletín de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas; 2)

[2] Decreto 642/1970. de 26 de febrero, por el que se crea el Instituto Bibliográfico Hispánico. En: Boletín Oficial del Estado, núm. 64, de 16 de marzo de 1970. El reglamento se aprobó mediante Orden de 30 de octubre de 1970, por la que se aprueba el Reglamento del Instituto Hispánico. En: Boletín Oficial del Estado, núm. 276, de 18 de noviembre de 1971

[3] Mi padre continuó como Jefe de la Sección de Bibliografía hasta el año 1972, que fue nombrado director del Servicio Nacional del Tesoro Documental y Bibliográfico. Dª María Pardo Suárez le sustituyó hasta que cumplió la edad reglamentaria para jubilarse.

[4] El Servicio Nacional de Información Bibliotecaria empezó a constituir la Biblioteca del bibliotecario, que reunía los libros profesionales que iba adquiriendo y cuyo propósito era la actualización de los conocimientos de los bibliotecarios. Cuando se cerró el Centro de Estudios Bibliográficos y Documentarios, se refundieron la importante colección que este tenía con la Biblioteca del bibliotecario. Prevaleció este último nombre y se ubicó en dos espacios existentes en la primera planta, donde en la actualidad está la unidad encargada de la expedición de tarjetas y los Servicios de Compra y de Valoración e Incremento del Patrimonio. Cuando las obras emprendidas en la segunda mitad de la década de los años 1980, afectó a esta zona, se trasladó a su actual ubicación, al final del lateral Norte de la Planta primera de la zona noble, exactamente donde estuvo el Servicio de Clasificación. Al ser menor los metros cuadrados asignados, se transfirieron al Depósito General los libros más antiguos y desfasados. Entonces pasó a denominarse Servicio de Documentación Bibliotecaria. Esta unidad, cualquiera que fuera su denominación, ha tenido una gran importancia en la formación de los estudiantes de biblioteconomía y documentación y en la actualización de los conocimientos de los bibliotecarios en activo. Ha sido atendida por varios y buenos bibliotecarios, desde Justo García Morales a Natividad Escavias Extremera pasando por Antonia Sarriá Rueda, Mercedes Dexeus Mallol, Emiliano Pérez Frías, Carmen Alba López, Paloma Fernández Avilés, Eulalia Iglesias y algunos más que, tal vez y de forma involuntaria, olvide

[5] Simón Díaz, José Bibliografía de la literatura hispánica / José Simón Díaz; dirección y prólogo de Joaquín de Entrambasaguas. -  Madrid: Instituto Miguel de Cervantes de Filología Hispánica, 1950-1993. – 16 v. El tomo II está dedicado a reseñar las Bibliografías de bibliografías.

[6]  Malclès, Louise Noëlle Manuel de bibliographie / Louise Noëlle Malclès. – 3ª ed. Rev. Et mise à jour par Andrée Lhéritier. – Paris: Presses Universitaires de France, 1976. – 398 p.

[7] Guide to reference books / Compiled by Eugenne P. Sheehy; with the assistance of Rita G. Kecheissen and Eileen McIlvaine. – 9th ed rev. expanded and updated version of the 8th ed. By C. M. Winchell. -  Chicago: American Library Association, 1976. – XVIII, 1015 p.

[8] Walford, A. J. Guide to reference material / A. J. Walford. – 3rd. ed. – London: The Library Association, 1975. – v.

[9] Mercedes Dexeus logró que se fotocopiaran y se recortaran las fichas de las notaciones 01 y 016 de la CDU en el catálogo sistemático a disposición del público. Supuso una gran ayuda para localizar los repertorios bibliográficos existentes en la Biblioteca Nacional de España, pero adolecía, en mi opinión, de tres defectos: faltaban las bibliografías y catálogos anteriores a 1930, algunas fichas resultaban ilegibles y sólo se fotocopió el anverso de las fichas.

[10] Liter Curieses, Roberto Los Índices / por Roberto Liter Curieses. – En: Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. – T. 73, nº 1 (1966). - p. 109-120

[11] Para conocer la historia de la teledocumentación en España, resulta imprescindible leer el artículo titulado 25 años de Teledocumentación en España publicado por Tomás Baiget en la Revista Española de Documentación Científica, v. 21, nº 4, 1998, p. 373-387. También conviene leer el artículo de María Antonia García Moreno, Nacimiento y desarrollo de la teledocumentación en España (1973-1979)Documentación de Ciencias de la Información, nº 17, 1994, p. 39-66. Esta misma autora expuso su tesis doctoral en el Departamento de Biblioteconomía y Documentación de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. El título de la misma es Nacimiento y desarrollo de la teledocumentación en España: producción, distribución y utilización de las bases de datos españolas (1973-1991). – Madrid: Universidad Complutense de Madrid, 1997.- 416 p.

[12] Casi al mismo tiempo que se creaba esta Escala de Auxiliares, se logró que los funcionarios de del Cuerpo Auxiliar de Archivos, Bibliotecas y Museos pasaran a denominarse Ayudantes, con una mejor retribución correspondiente al actual grupo funcionarial A2. Para el paso de una categoría a otra, se les exigió presentar un proyecto de investigación sobre archivos, bibliotecas o museos. Algunos no presentaron este trabajo, por lo que permanecieron como Auxiliares de la Administración General del Estado y no se extinguiera el Cuerpo. Al descubrir que aún subsistía, permitió que se convocaran nuevas oposiciones en los años 1990. En principio, los funcionarios del Cuerpo Auxiliar resucitado iban a realizar funciones relacionadas con el proceso final del libro, la gestión de depósitos y el suministro de publicaciones a los usuarios.

[13] Alejandro Carrión Gútiez me sustituyó en el contrato y en el puesto de trabajo, pero por poco tiempo, pues muy pronto obtuvo plaza en el Cuerpo Facultativo de Bibliotecarios.

04 LA SALA UNIVERSITARIA

 La creación de la Sala Universitaria de la Biblioteca Nacional surgió en la segunda mitad de la década de 1970, en 1977, exactamente, y fue otro de los proyectos de su director, D. Hipólito Escolar Sobrino. Su finalidad era descongestionar el Salón de Estudios de los numerosos estudiantes universitarios que acudían a leer los libros en él “perjudicando” a los investigadores. Asistían a la Biblioteca Nacional porque las bibliotecas de las universidades existentes entonces en Madrid (la Universidad Complutense, la Autónoma y la Politécnica) carecían de publicaciones y puestos de lectura suficientes para la creciente población discente de la década de los años 1970. Había buenas colecciones en los departamentos y seminarios, pero sólo podían ser utilizadas por el personal docente y los doctorandos. Otro factor que incidía en la concurrencia a la Biblioteca Nacional era la céntrica ubicación de esta frente a la de algunas facultades o Escuelas Universitarias.

 

Algo similar sucedió en junio de 1931 cuando se inauguró la Sala General siendo director de la Biblioteca Nacional D. Miguel Artigas Ferrando[1]. El Presidente del Patronato, D. Antonio Zozaya, expone la concepción de la misión de esta institución para la reciente Segunda República: … La Biblioteca Nacional no va a ser para los eruditos y los estudiosos, sino para todo el público que circula por la calle y que encontrará en el establecimiento reposo, distracción y cultura… Los usuarios para los que se abre la nueva sala son los estudiantes de segunda enseñanza, “los obreros” y los lectores de obras de ficción. Se constituye una colección de 12.000 libros de textos, manuales de oficios, obras de cultura general, pensamiento y literatura que se podían recuperar a través de un catálogo y un apéndice impresos. Disponía de 180 puestos de lectura, que se ampliarán hasta 200 en su reinauguración en 1932 y en una nueva ubicación con acceso independiente desde la calle. Contaba con nuevas instalaciones y con una colección formada por 13.000 volúmenes de las obras más demandadas por los lectores[2]. Diez años más tarde, en 1941, se completa con una biblioteca circulante, de la que los usuarios podían tomar en préstamo domiciliario algunos de los 7.000 títulos, ordenados sistemáticamente por la CDU, que albergaban sus estanterías.

 

La Sala General experimentó otra reforma, ahora en los comienzos de la década de los años 1950, obra de D. Hipólito Escolar Sobrino, Comisario de Extensión Cultural. Sus estanterías contenían libros útiles y, principalmente, literatura. En esta nueva apertura sí influyeron las escasas bibliotecas públicas de Madrid, cuyos recursos de toda naturaleza no podían satisfacer las demandas más elementales de la población. También se tuvo en consideración el propósito de descargar el Salón General de la Biblioteca Nacional de los lectores que continuaban restando pupitres a los investigadores y estudiosos.

 

En 1970 la Sala General se reforma de nuevo para atender a los estudiantes del Curso de Orientación Universitaria (COU) y de los primeros años universitarios. Las publicaciones se mantuvieron asimismo a libre acceso de los usuarios ordenadas por la Clasificación Decimal Universal. La colección de la Biblioteca Circulante se amplía en esta década hasta los 22.000 volúmenes que se podían llevar a casa con el correspondiente carné y que se podían tomar directamente de las estanterías donde se disponían sistemáticamente. Uno de esos usuarios fui yo, al que orientaba una buena auxiliar de bibliotecas y mejor ser humano: Carmina Gutiérrez Pérez[3].

 

La concepción de la Biblioteca Nacional de España como institución dedicada a todo tipo de usuarios o sólo a los estudiosos e investigadores, ha sido un tema recurrente a lo largo de su historia y, en particular, desde los años de la década de 1930. Si a D. Miguel Artigas se le debe la solución de poder atender a casi todas las categorías de lectores mediante la constitución de la Sala General y de la Biblioteca Circulante, en el haber de D. Hipólito Escolar hay que anotar el haber equipado a la Biblioteca Nacional con una sala adicional, intermedia entre el Salón de Estudios y la mencionada Sala General: la Sala universitaria. Además, creó una sala de investigadores para la consulta de manuscritos, incunables, libros raros, obras de teatro y de Cervantes y la ya mencionada Sala Francisco de Goya para la consulta de los materiales gráficos, incluidos los mapas y planos, los fondos de las Secciones de África y de Historia Contemporánea. Las completaban los puestos de lectura existentes en otras Secciones Especiales como las de Partituras y Música, Literatura infantil, Hispanoamérica, Bibliografía y Publicaciones Oficiales.

 

Al sucesor de Escolar y de Jerónimo Martínez, que compaginó los cargos de Subdirector General de Bibliotecas y Director de la Biblioteca Nacional durante un breve periodo de tiempo, D. Juan Pablo Fusi Aizpurúa, no le quedó más remedio que cerrar casi todas estas salas a finales de la década de los años 1980, al tiempo que se trasladaban las colecciones de las denominadas Secciones Especiales (África, Hispanoamérica, Historia Contemporánea, Literatura infantil y Publicaciones Oficiales) al Depósito General. Los fondos de la Sala Universitaria se enviaron, primero, a las naves alquiladas en San Fernando de Henares y Coslada, mientras se terminaba de construir el edificio diseñado para la Biblioteca Nacional de Préstamo en Alcalá de Henares y que finalmente se convirtió en un segundo depósito. El motivo fundamental de los cierres y traslados fueron las obras que se emprendieron en la sede del Paseo de Recoletos, de la que no dejaron de remover un metro cuadrado. Se optó por mantener abierta esta sede a pesar del atronador ruido de las demoliciones y del frio que pasábamos el personal y los lectores. Estas circunstancias indujeron a modificar las normas de acceso y a definir la Biblioteca Nacional como institución de último recurso [4] dedicada a la conservación del patrimonio bibliográfico y a la investigación. Una parte de la sociedad no comprendió esta decisión, como tampoco la entendieron algunos bibliotecarios que clamaban por mantener la situación anterior y por construir un nuevo edificio con el importe total de las obras de Recoletos, de las reformas del palacio que ocupaba la Hemeroteca Nacional en la calle de la Magdalena y del edificio que se empezaba a construir en Alcalá de Henares sin que nadie aclarara al arquitecto del mismo, D. Francisco Longoria, que no cesaba de preguntar sobre el nuevo cometido del mismo una vez suprimida la Biblioteca Nacional de Préstamo. Además, hubo otra intención aprovechando las circunstancias enumeradas: impulsar indirectamente a dotar de más medios e infraestructuras a las bibliotecas públicas, municipales y universitarias. La Biblioteca Nacional no podía contrarrestar las deficiencias de estos sistemas bibliotecarios y absorber toda la población de usuarios que les eran específicos.

 

El debate biblioteca de investigación o dedicada a todo tipo de usuario persistió más allá del mandato de Juan Pablo Fusi hasta casi la actualidad. Hoy, la digitalización de impresos y registros audiovisuales, llevada a cabo por las instituciones de la memoria, y el exponencial crecimiento de los documentos creados digitalmente, no sólo han restado importancia desde dónde y en qué momento se accede a las publicaciones, sino también la edad y nivel de formación de quién las consulta.

 

Para la selección de los libros, que iban a formar la Sala Universitaria, se recurrió a los catedráticos de los centros docentes españoles quienes facilitaron la bibliografía a adquirir en cada área del conocimiento[5]. Nosotros tres, Carmen Alba López, Carlos Ibáñez Montoya y yo, nos encargamos de su proceso técnico, clasificación y colocación en las estanterías para que los usuarios potenciales los tomaran directamente, los hojearan y los leyeran en los pupitres. Recuerdo especialmente el momento en el que catalogamos las grandes colecciones inglesas y francesas de los autores clásicos griegos y romanos. Algunos no figuraban en el Índice general de la Biblioteca Nacional y la forma autorizada de otros, los menos, estaba mal redactada. Con el atrevimiento propio de nuestra juventud, destacábamos a Carlos Ibáñez para que hablara y convenciera a la entonces Jefa de la Sección de Catalogación: Dª María Luisa Poves Bárcenas, autoridad indiscutible en su materia y profesora de multitud de bibliotecarios, que la profesaban verdadera veneración y respeto. En bastantes casos Carlos la convenció y aceptó la forma autorizada o encabezamiento, como se decía entonces, de muchas propuestas nuestras. Cada aceptación la considerábamos como un éxito profesional y lo celebrábamos hasta con algarabía aprovechando la soledad en la que trabajábamos.

 

A decir verdad, el mérito de la organización técnica de la Sala Universitaria les corresponde a mis queridos compañeros, Carmen y Carlos, a los que supervisaba la facultativa Dª Francisca Meroño Aguera. Poco pude contribuir pues el 4 de febrero de 1977 me operaron en la desaparecida Clínica Los Nardos del primer tumor maligno que he padecido. Fue una intervención traumática para mí y para toda mi familia, pues el posoperatorio se complicó con una tromboembolia en el pulmón y pierna derechas. A los urólogos que me operaron, D. Jesús Fraga Iribarne y el doctor García Burgos, alumno de mi padre en uno de los colegios en los que impartió docencia, se unió el equipo de internistas del hospital y el que me correspondía por la sociedad médica. Éstos últimos no se ponían de acuerdo sobre las pruebas médicas a realizarme ni si debían o no intervenirme del trombo. Al final, tras una flebografía, multitud de radiografías de pulmón y una inútil linfoangiografía, tuvieron que consultar sus discrepancias con un superespecialista, el Doctor Salvador Laguna Sorrosal. Y en medio de todo este vértigo médico, ocurrió un trágico incidente: un paciente mató en la misma planta en la que me encontraba yo ingresado, a un cirujano de estética y a una enfermera porque había quedado mal. Pocos días antes de darme de alta, me traían y llevaban en ambulancia a la consulta del oncólogo Dr. Severino Pérez Modrego, ubicada entonces en la calle Nervión, para que me examinara y me hiciera un escáner y una gammagrafía. Por fin, el 14 de abril, me dieron el alta hospitalaria. Ahora quedaba el control regular del anticoagulante, las cincuenta y cinco sesiones de cobaltoterapia y la quimioterapia[6] que se prolongó hasta después de los meses del verano. Toda mi familia y mi mujer se quedó traumatizada con aquel episodio que viví con veinte y cinco años. Lo que no sabíamos nadie entonces es que acababa de empezar la larga y cruel relación de nuestra familia con el cáncer, pero el miedo estaba instalado en mis padres, hermanos y en Charo, mi novia entonces y mi mujer en el presente.

 

En 1977[7] se inauguró la Sala universitaria con una colección formada por 10.000 obras y 260 puestos de lectura[8]. El horario de servicio era de 9 a 21 h. Ocupaba los locales destinados anteriormente a la Sección de Publicaciones Periódicas y tenía la entrada por la entreplanta existente entonces entre la sala general de catálogos y la planta principal de la Biblioteca Nacional. Los reyes Don Juan Carlos I y Doña Sofía, acompañados por el Ministro de Cultura, D. Pío Cabanillas, el Director General del Libro y Bibliotecas, D. José B. Terceiro, y el Subdirector General de Bibliotecas, D. Carlos González Echegaray, también se detuvieron en ella en la visita que realizaron a esta institución el 2 de mayo de 1978 con motivo con motivo de dos inauguraciones: la exposición de dibujos y grabados de Goya organizada por el 150 aniversario de su muerte y la nueva sala de investigadores. Visitaron otras dependencias como las cámaras blindadas que albergaban las piezas más valiosas, el Salón de Estudios y el Depósito General. Carlos Rodríguez Jouliá Saint-Cyr, secretario del director de la Biblioteca se refiere con las siguientes palabras a la Sala universitaria en el artículo que publicó dejando constancia de la visita real [9] :

 

… recientemente puesta en servicio y que viene a resolver, en parte, el grave problema de la masiva concurrencia de estudiantes a la Biblioteca Nacional. Tiene ésta que dar servicio diariamente y durante doce horas a más de 2000 visitantes, que rebasan con mucho la cuantía de sus puestos de lectura. Con la inauguración de la Sala de investigadores y la puesta en marcha de la sala universitaria, se ha intentado localizar y atender debidamente dos núcleos importantísimos y especializados de lectores. La sala universitaria cuenta con dos plantas, y los libros que en ella se ofrecen a los estudiantes universitarios han sido adquiridos previa consulta con los catedráticos de los distintos centros docentes españoles. El estudiante tiene libre acceso a las estanterías, donde los libros se hallan ordenados por materias, y se les permite la presentación de desideratas sobre obras que necesite para sus estudios y que no figuran todavía en la sala. Los puestos de lectura habilitados hasta el momento ascienden a 262       

 

Años después se acometieron algunas mejoras en la instalación eléctrica de la luminosa Sala Universitaria, en el control de acceso de los usuarios y en la apertura de una puerta que comunicaba con las plantas del Depósito General dedicadas a las publicaciones periódicas[10].

 

Dirigieron esta unidad Dª Francisca Meroño hasta 1978, año en la que obtuvo la jefatura de la Sección de Publicaciones Oficiales en sustitución de la facultativa de bibliotecas Dª Matilde Vilarroig. Durante el periodo comprendido entre 1978 y 1986 el responsable de la Sala Universitaria fue D. Luis Barreiro España[11], director del Departamento de Servicio al Lector y Seguridad desde 1981, año en el que se acometió una reorganización de la Biblioteca Nacional creándose seis Departamentos[12]. El Departamento dirigido por D. Luis Barreiro abarcaba las salas de Estudio, Universitaria, General, la Biblioteca Circulante, los servicios de préstamo interbibliotecario y fotográfico, el Laboratorio de Restauración y la Sección de Tarjetas.

 

Carmen Alba López pasó a la Sección de Hispanoamérica en 1977 hasta 1978, año en el que sustituyó a Carlos Ibáñez en la Sala Universitaria. Ambos obtuvieron plaza en la oposición del Cuerpo Facultativo de Bibliotecas, a la que no me presenté por encontrarme en fase de recuperación de mi enfermedad. Carmen volvió, ahora como funcionaria, a la Biblioteca Nacional de España en 1980 siendo adscrita a la Sección de África. Carlos obtuvo plaza en la Biblioteca Pública de Vitoria, donde ejerció de director durante prácticamente toda la década de los años 1980 y parte de los años 1990, en que obtuvo plaza en el Ministerio de Administraciones Públicas, en sus distintas denominaciones, hasta 2014, año en el que se jubiló anticipadamente. Otra compañera que trabajó en la Sala Universitaria entre 1981 y 1982, como contratada administrativa, fue D ª María Antonia Chiverto Pareja[13]. Por estas fechas Josefina Simón Palmer, funcionaria del Cuerpo de Ayudantes de Bibliotecas e hija del bibliógrafo y catedrático de Bibliografía de la Universidad Complutense D. José Simón Díaz, desarrollaba sus funciones en esta Sala en el horario de tarde

 

La colección de la Sala Universitaria fue aumentando en los años siguientes a su inauguración. Los impresos procedían de la compra de desideratas de los lectores y de las terceras y sucesivas ediciones de libros españoles académicos, recibidos por Depósito Legal, susceptibles de interesar a las áreas del conocimiento cubiertas por este servicio. Los ingresos habidos desde 1977 hasta 1984, ascienden a un total de 4.161 títulos[14]:

 

Aparte de que no se disponen de datos para los años 1985 y 1986, conviene tener en cuenta que en la Sala Universitaria también se expurgaban libros o se remitían a la Sala General y a la Biblioteca Circulante. A finales de 1984 la Sala Universitaria constaba de 15.335 libros según se indica en la Memoria anual de dicho año.

 

De las mismas fuentes podemos conocer el movimiento de lectores habido durante el periodo en el que funcionó esta unidad (1977-1986) en las que podemos denominar salas de lecturas de carácter general, es decir: Salón de Estudio, Sala General, Biblioteca o Sección Circulante y Sala Universitaria. La tabla que figura al final de este capítulo como anexo muestra la estadística de usuarios y publicaciones que circularon en unos años en los que las colas de lectores a la espera de poder entrar en la Biblioteca Nacional llegaban hasta el jardín de la institución.

 

A pesar de la falta de cifras en algunos años en algunas salas y de la carencia de uniformidad de algunas de ellas debida a la forma de acceso a las publicaciones (cerrado en el Salón de Estudio y abierto en la Biblioteca Circulante y en la Sala Universitaria), el 1.060.570 de lectores atendidos en los nueve años de existencia en la Sala Universitaria supone, en mi opinión, un resultado satisfactorio de este servicio. Conviene tener en cuenta que el personal docente y, sobre todo, los discentes de las universidades madrileñas también podían acceder a las restantes salas de lectura.

 

A pesar del éxito de estos servicios de lectura destinados a la sociedad en general y a la comunidad universitaria en particular, se clausuraron en 1986, uno de los años más complejos de la Biblioteca Nacional de España. A las obras de remodelación de la sede del Paseo de Recoletos y al cambio en la política de acceso a la institución a la que me he referido, se añadió la incorporación del Instituto Bibliográfico Hispánico[15], de la Hemeroteca Nacional y el Centro Nacional del Tesoro Documental y Bibliográfico[16]. Este hecho ocasionó considerables disfunciones hasta conseguir un cierto ajuste operativo y supuso un cambio de paradigma: la gestión bibliográfica y bibliotecaria diversificada, concebida a comienzos de la década de los años 1970, y realizada por varias institucionales con rango nacional, fue sustituida por la concentración en una sola: la Biblioteca Nacional. Además, se convertía en la cabecera o entidad de primer nivel del sistema bibliotecario español que cooperaría con las bibliotecas regionales, públicas, universitarias y científicas. Demasiada función sin un aumento proporcionado de recursos de toda índole.

 

A esta restructuración se unieron otros hechos: 1) el aumento de la edición nacional y, por consiguiente, 2) de los procesos técnicos a realizar, 3) la necesidad creciente cada año de espacio para almacenar y conservar las publicaciones, 4) la transformación de los procedimientos y, con ellos, de la mentalidad y metodología de trabajo de los bibliotecarios que supuso la automatización y que podemos calificar de reconversión intelectual.

 

Hubo otro hecho no menos importante y que ocasionó una pérdida significativa de la memoria y de los conocimientos de la institución, es decir: saber por qué se hacían las tareas de determinadas maneras y no de otra. Me estoy refiriendo al cambio de la edad de jubilación forzosa de los funcionarios[17], que pasó de los 70 a los 65 años, aunque con un periodo progresivo de transición. Esto ocasionó que los funcionarios de la promoción de 1986, es decir, la mía, tuviéramos que hacer y rehacer algunos procedimientos sin que nadie nos indicara por qué era mejor uno que otro. La persona que nos precedió en el puesto de trabajo y que nos podía haber enseñado, se había jubilado o estaba a punto de hacerlo, sin olvidar el halo de juventud impetuosa que nos caracterizó. Este hecho tuvo sus consecuencias funcionales y enrareció el ambiente, auspiciado por la creación de distintos niveles acompañados por diferentes retribuciones a las que aspirábamos pesara a quien pesara.

 

En estas circunstancias se procedió a suspender los servicios de préstamo domiciliario y de lectura facilitados, respectivamente, por la Biblioteca Circulante, las Salas General y la Universitaria. El proceso comenzó cuando hubo que cerrar el Salón de Estudio debido a las demoliciones y reformas en el mes de octubre de 1986. Durante este mes el servicio de publicaciones del Depósito General se facilitó en el espacio ocupado por la Sala universitaria. El 13 de noviembre se cierra la atención a los usuarios en la sección Circulante. En diciembre ya están embaladas las colecciones de la Sala General, formada por 13.460 libros, y de la Circulante, integrada por 30.757, listas para ser trasladadas al local previsto por la Comunidad Autónoma de Madrid en la calle Azcona. En Noviembre[18] se clausura la Sala Universitaria al público y los fondos que la componían, se trasladan a los espacios que ocupaban la Biblioteca Circulante y la Sala General. Desde este emplazamiento se remitieron a las naves de la ciudad de San Fernando. Las grandes colecciones de escritores griegos y latinos se quedaron en la biblioteca de referencia del Salón de Lectura. El resto iba a formar parte de la colección de libre acceso que se pondría en la sala de lectura del edificio que se construiría en la carretera de Alcalá de Henares a Meco.

 

Entre las sugerencias relativas al servicio que se exponen en la Memoria correspondiente al año 1986, quiero destacar el siguiente párrafo en el que se manifiesta el cambio de política de acceso a las colecciones de la Biblioteca Nacional más allá de las obras iniciadas:

 

Es imprescindible que la Biblioteca Nacional asuma definitivamente su papel: ser una biblioteca de investigación y conservación del patrimonio bibliográfico y permitir el uso de sus fondos exclusivamente a investigadores cuyo trabajo sea precisamente el de la investigación. Esto implica prescindir del papel de biblioteca pública y biblioteca universitaria que ahora realizamos.

 

Con estas ideas comenzaron los sucesivos cambios de normas de acceso a las colecciones y servicios de la Biblioteca Nacional que desde entonces se han redactado y publicado en el Boletín Oficial del Estado.

 


 

Anexos

 

 

 

Año

Sala

Salón de Estudio

Biblioteca Circulante

Sala General

Universitaria

Lectores

Obras

Lectores

Obras

Lectores

Obras

Lectores

Obras

1975 / 1978

-

-

-

501.037

-

230.554

248.375

-

1979

167.571

220.043

-

104.560

42.885

-

125.447

-

1980

160.222

213.634

-

112.937

48.143

-

105.955

-

1981

177.311

236.568

-

111.000

47.264

-

125.528

-

1982

204.692

271.794

-

115.655

53.575

-

110.613

-

1983

-

278.168

-

125.772

51.959

-

137.736

-

1984

-

345.862

-

115.685

47.731

-

148.589

-

1985

-

305.725

-

-

-

-

-

-

1986

-

233.598

-

108.632

47.784

-

58.327

-

Total

709.796

2.105.392

-

1.295.278

387.125

230.554

1.060.570

-

 

 

Anexo 1

Estadística de usuarios y publicaciones en las salas de lectura general



[1] D. Miguel Artigas y Ferrando y mi abuelo, Justo García Soriano, también bibliotecario y crítico literario, compartieron algunos hechos pues los dos fueron premiados por la Real Academia en 1924. D. Miguel Artigas obtuvo el premio por su estudio sobre Don Luis de Góngora y mi abuelo consiguió el accésit por su investigación relativa a El licenciado Francisco Cascales. Ambos se presentaron a la dirección de la Biblioteca Nacional, junto con D. Ángel González Palencia, cuando fue elegido el Sr. Artigas Ferrando.

[2] Las denominadas “Frecuentes”.

[3] Carmina intervino de forma importante en la vida de nuestra familia. Ella fue quien le informó a mi padre de la existencia de un piso en la planta cuarta centro de la calle Blanca de Navarra, situada a unos 10 minutos andando de la Biblioteca Nacional. Alquiló esta vivienda hacia 1953 o 1954 y, años más tarde, también el piso 4 izquierda. Allí nos trasladamos desde el Paseo de las Delicias 85, donde nacimos mi hermana María Eloísa, en 1949, y yo dos años más tarde.

En casa de Carmina, situada en la calle Monte Esquinza 25, esquina a Blanca de Navarra, vi el primer programa de televisión, acompañado de mi querida hermana y de dos amigos y vecinos, Salvador y Fernando Rodríguez Trigueros, que vivían en el piso tercero derecha: la boda de los monarcas de Bélgica Balduino y Fabiola. Algunos días íbamos a casa de las hermanas Gutiérrez Pérez a ver los programas infantiles que se emitían en aquellos años en la Televisión Española, en particular de Boliche. Pocos años más tarde fui compañero de su hijo en el colegio IDA (Institución Docente Nuestra Señora de la Almudena) ubicado entre las calles Almagro, Monte Esquinza y Jener.

Cierro los ojos y veo su silueta, siempre vestida con el color del hábito del Carmelo, con un botín más alto que otro, víctima de la poliomielitis o alguna otra enfermedad de los huesos, con su dentadura prominente, que restaba atractivo a su rostro, atractivo que suplía con su simpatía y bondad para con todos y, en primer lugar, los lectores de la Biblioteca Nacional.

[4] Entre otros artículos publicados en la prensa de esos años, se puede consultar el de Sorela, Pedro La Biblioteca Nacional se convierte en centro dedicado a la investigación: Facilidades para el científico y dificultades para el estudiante. – En: El país, 3 de enero de 1987

[5] En los años sucesivos la colección de la Sala Universitaria se formó con ejemplares adquiridos por compra y ejemplares de publicaciones españolas ingresadas por Depósito Legal que se sacaban del Depósito General para trasladarla a aquella. Este hecho produjo ciertas confusiones en los recuentos del Depósito General realizados a finales de los años 1980 y comienzos de 1990. No se hizo constar el nuevo destino en el catálogo topográfico y aparentemente figuraba como libro perdido, cuando de hecho debería estar en las cajas de los libros en los que se guardaron y que se conservaron en los almacenes temporales de San Fernando de Henares a la espera de la conclusión de la construcción del edificio de Alcalá de Henares

[6] En los goteos de la quimioterapia se inyectaba Vincrisul, un compuesto extraído de una variedad de rosales de Japón, Vitamina C y e hidrocortisona. Además, por vía oral tomaba unas pastillas llamadas Melfalán, que, según se indicaba en el prospecto, también se usaba como matarratas.

[7] Este año publiqué mi primer libro: La independencia de los Estados Unidos de Norteamérica a través de la presa española: ("Gaceta de Madrid y Mercurio Histórico y Político"): Los precedentes (1763-1776) / selección, prólogo y comentarios de Luis Ángel García Melero. --Madrid: Dirección General de Relaciones Culturales, 1977. -- (Trabajos monográficos sobre la independencia de Norteamérica; 1). -- D.L.M. 355566-1977. --ISBN 84-85290-07-0. Este libro fue el resultado de la beca proporcionada por el Programa de Cooperación cultural entre España y Estados Unidos que disfruté desde noviembre de 1973 al mismo mes de 1975. Para buscar las noticias en dichos periódicos y fotocopiarlas, acudí a la Biblioteca Nacional. Allí conté con la inestimable ayuda de mi hermana María Eloísa y, a través de ella, como ya he expuesto, conocí a una amiga suya, llamada Charo, de la que me enamoré y con la que me casé en 1980. Esta misma amiga, cuando cumplía con el Servicio Social, me auxilió en la búsqueda de las ediciones existentes de unos libros, titulados La reina Sevilla y Flores y Blancaflor, en el Índice General.

Nunca comprendí por qué el Ministerio de Asuntos Exteriores no editó el segundo volumen de este libro que comprendía las noticias de la contienda y de la consumación de la independencia de Estados Unidos de Norteamérica. El material lo conservé, debidamente organizado, hasta el año 2001.

[8] Nueva guía de las bibliotecas de Madrid / por M.ª Isabel Morales Vallespín, Alicia Girón García, Elena Mª Santiago Páez. Madrid: Asociación Nacional de Archiveros, Bibliotecarios, Arqueólogos y Documentalistas, 1979. p. 5. Las autoras indican en el prólogo que los datos expuestos en la guía están recogidos en 1977.

[9] Rodríguez Jouliá Saint-Cyr, Carlos Los Reyes de España en la Biblioteca Nacional. - En: Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Madrid, LXXXI, (1978) nº 2, abril-junio, p. 181-182

[10] En 1979 se acometió la reinstalación del alumbrado de fluorescentes colocando pantallas provistas de tubos de 70 watios suspendidos con cadenas. Dos años más tarde, en 1981, se pusieron torniquetes para el control de entrada de los lectores. Al año siguiente se acometió el acondicionamiento del sótano de la Sala Universitaria, estableciendo una comunicación con el depósito general por medio de una puerta y de un montacargas, para utilizarlo como complemento de aquél.

[11] Luis Barreiro España, tras prestar sus funciones en la biblioteca y centro de documentación del Ministerio de Defensa durante varios años, regresó a la Biblioteca Nacional para sustituirme en el puesto de Director del Departamento de Adquisiciones. Aunque no trabajaba en esta institución, también fue miembro del comité encargado de seleccionar un sistema informático para la Biblioteca en lugar del SABINA (Sistema Automatizado de la Biblioteca Nacional) de lo que trataré más adelante. 

[12] Los Departamentos creados fueron Impresos y Proceso, Índices y Depósito General, Fondos Especiales, Fondos Antiguos, Materiales Especiales y Servicio al Lector y Seguridad.

[13] Dª María Antonia Chiverto Pareja regresó a la Biblioteca Nacional como funcionaria facultativa del Cuerpo de bibliotecarios y, al menos, desempeñó la jefatura de las Secciones de Depósito General y de Préstamo Interbibliotecario, cuando yo era Jefe del Servicio de Depósito Generales y Préstamos. Posteriormente se fue a la Comunidad de Madrid, desempeñando la dirección de la Biblioteca Pública ubicada en la calle Azcona.

[14] El desglose anual del aumento de la colección es el siguiente: en 1977 se adquirieron 205 títulos; en 1978, 530; en 1979, 822; en 1980; 378; en 1981, 447; en 1982, 800; en 1983, 602 y en 1984, 377.No se disponen de datos correspondientes a los años 1985 y 1986 Las cifras de ésta y otras tablas proceden de las Memorias anuales de la Biblioteca Nacional disponibles en la Hemeroteca digital de esta institución.

[15] Incluso se trasladó físicamente a la sede del Paseo de Recoletos desde el local que ocupaba en la calle Atocha. Este hecho es lo que se dio en llamar “el desembarco del IBH”.

[16] Real Decreto 848 de 25 de abril de 1986 por el que se determinan las funciones y la estructura orgánica básica de la Biblioteca Nacional, desarrollado por la Orden del Ministerio de Cultura de 10 de junio del mismo año, Boletín Oficial del Estado, 21 de junio de 1986.

[17]  Ley 30/1984, de 2 de agosto, de medidas para la reforma de la Función Pública. En Boletín Oficial del Estado, núm. 185, de 3 de agosto de 1984

[18] En la Memoria correspondiente al año 1986 hay una contradicción. En un epígrafe de la misma se indica que se cerró en el mes de junio y en otro, en novie