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07 DESARROLLANDO UN SISTEMA DE AUTOMATIZACIÓN DE BIBLIOTECAS (1983-1986)

Siempre recordaré el día en el que Charo, mi mujer, y yo nos dirigimos a la sede de las oficinas de AUXINI en la calle Padilla de Madrid, a la espalda de la entrada principal del Instituto Nacional de Industria (INI) por la plaza del Marqués de Salamanca, actual sede del Ministerio de Asuntos Exteriores. Allí conocí a Don Enrique Ordorica, encargado de la selección de personal. Me realizó una entrevista y me entregó un test psicotécnico para que lo cumplimentara. Entonces no sabía que en la prueba de “Dibuje un árbol” había que pintar las raíces símbolo del arraigo de la persona con su familia. No, yo no las dibujé y creo que ese no debía ser su significado, pues siempre he sido persona muy apegada a mis padres y hermanos. Luego El Sr. Ordorica, alto, esbelto, bien trajeado y fumando en pipa, me dijo que fuera a la Dirección General de Sanidad para que me hicieran un reconocimiento médico. Luego se comunicarían conmigo para decirme si había superado las pruebas.
 
Así lo hicimos: nos encaminamos a la calle General Oraá, donde se encontraba dicha Dirección General. Me auscultaron, me preguntaron sobre las vacunas que había recibido y me hicieron una radiografía de pecho. Pocos días después recibí una carta comunicándome que había sido seleccionado y que podía ir a firmar el contrato. Así lo hice y me encaminé a la calle Don Ramón de la Cruz 39, primer piso, en el que tenía su sede el Departamento de Consultores de la empresa Auxiliar de la Industria (AUXINI).
 
Había solicitado en la Universidad Complutense un permiso sin sueldo de tres meses de duración que comenzaba en febrero de 1983. Tenía miedo de no superar el periodo de prueba en la empresa y que me quedara en la calle sin poder regresar a mi puesto en el Cuerpo de Auxiliares de Bibliotecas de la Universidad hasta que transcurrieran el mínimo reglamentario de dos años. Esto no sucedió y agotado el tiempo del permiso, tramité la excedencia voluntaria que me fue concedida el 16 de mayo de 1983.
 
El primer día de trabajo (febrero de 1983) fue de mera presentación e instalación en la mesa que me asignaron. Pregunté por Don Miguel Jerez Gaeta, el director, que me presentó al presidente del Departamento, Don Andrés Fernández Lozano y éste, a su secretaria, Doña Pilar Villapalos. Mantuvimos una breve conversación sobre el proyecto y la empresa. Así me enteré de que era un departamento que se encargaba del estudio de la planificación, organización de empresas y de proponer planes estratégicos, reorganizaciones y definición de los recursos que precisaban para llevarlos a cabo. Resolví una de mis dudas: no eran informáticos ni ingenieros de telecomunicaciones: sólo usaban programas informáticos dedicados fundamentalmente al procesamiento de textos y hojas de cálculo que empezaban a aparecer en el mercado. También me recordaron las condiciones impuestas por el INI para llevar a cabo el desarrollo: un ordenador SECOINSA 40 y el sistema operativo PICK. Ninguna de las dos partes sabíamos nada de esta plataforma, como se dice ahora.
 
Tras este primer contacto, me fueron presentando al resto de la plantilla; Marivi, Encarnita y Susana, las secretarias, Antonio Escribano, ordenanza y encargado de la reprografía y los portes, y los consultores: Andrés Fernández, hijo del presidente, Jorge y Álvaro Espinosa de los Monteros, Juan Mateo, Luis Suárez, Eduardo y Arturo. Había otro consultor más, con el que compartía despacho, pero cuyo nombre no logro recordar. Era un hombre mayor, en relación con el resto de los compañeros, que tenía muchos hijos. Siempre iba vestido con un traje gris claro y su trabajo consistía, básicamente, en hablar por teléfono con los clientes. Tenía la costumbre de balancearse de un lado a otro mientras conversaba y de jugar con un conjunto de llaves o monedas haciéndolas sonar, como si calculara su peso, que llevaba en un bolsillo de la chaqueta. Aquella actividad me dificultaba pensar y trabajar, pues necesitaba silencio. Cuando salía a la calle o realizaba un viaje, aprovechaba para “rendir”.
 
El local era un perfecto rectángulo y constaba de dos pisos unidos. Los despachos eran cuadrados por lo que se aprovechaba al máximo el espacio; había una sala de reuniones, en la que se efectuaban presentaciones y se impartían cursos, y una cafetería donde coincidíamos y conversábamos. Yo lo hacía poco, pues era un hombre tímido e introvertido. También era cierto que nuestra formación y conocimientos diferían bastante y teníamos pocos asuntos en común. Aun así, pronto descubrí que Miguel Jerez era una buena persona y que Eduardo era el centro de todas las bromas por sus andanzas en las estaciones de esquí y sus aventuras amorosas. Jorge Espinosa de los Monteros tenía un sentido del humor especial y Arturo era la persona con la que intuía que tenía más afinidad, aunque rara vez se daban las circunstancias para que conversáramos.
 
Ese era el contexto de mi trabajo. Yo me dedicaba a ir definiendo los módulos o subsistemas de la aplicación informática y sus correspondientes funciones. También iba describiendo los campos o atributos de los posibles archivos en los que se almacenaría la información y sus relaciones. Transcurrían los días, pero no veía que nadie hablara de personal informático ni de programación. El SECOINSA, una torre metálica de mediano tamaño, una voluminosa pantalla con su teclado y una impresora matricial dormitaban en una habitación con aire acondicionado y una UPS que aseguraba que el disco duro y su contenido no sufriera ningún daño en caso de avería o caída de la fuerza eléctrica.
 
Ante esta situación, decidí hablar con Miguel Jerez y preguntarle al respecto. Yo le recordé que era bibliotecario y que mis conocimientos informáticos se reducían al uso de una aplicación que se había desarrollado en el Centro de Cálculo de la Universidad Complutense y a las tareas propias de analista funcional. Me dio la impresión de que el proyecto les resultaba tan ajeno, como a mí su adscripción a ese Departamento de Consultores, en lugar de a la empresa SECOINSA u otra dedicada a la informática. Miguel me dijo que hablaría con el presidente y que ya me diría. Pocos días después, me llamó de nuevo a su despacho. Me preguntó si conocía a alguien que se pudiera ocupar de la parte técnica del proyecto. Le dije que sí, pero que tenía que contactar con él para ver si estaba disponible.
 
La persona que tenía en mente no era otra que Ernesto García Camarero, el director del Centro de Cálculo de la Universidad Complutense, del que había prescindido el rector Jaime Terceiro Lomba, asesorado por algunos informáticos subordinados de García Camarero. La situación era kafkiana: un hermano suyo había sido nombrado director general del Libro y las Bibliotecas y quiso haber nombrado subdirector General de Bibliotecas a mi padre. Este rechazó la oferta pues estaba a punto de jubilarse. Por otra parte, Jaime Terceiro debía desconocer que Ernesto había sido uno de los fundadores del FELIPE, junto a Julio Cerón y otros políticos socialistas, y que algunos ministros del gobierno de Felipe González (José María Maragall y los hermanos Javier y Luis Solana, José Luis Leal…) habían sido compañeros de estudios universitarios y amigos hasta el punto de reunirse varias veces en su domicilio.
 
Ernesto, reunía otras cualidades además de la experiencia del proyecto para informatizar la biblioteca de la Universidad Complutense. Había trabajado durante su juventud catalogando alegaciones de derecho o porcones en la Biblioteca Nacional, clasificando tesis doctorales en la Facultad de Matemáticas de esa universidad, llevando el servicio de los bibliobuses madrileños a los barrios de Vallecas y Orcasitas de Madrid y organizando los legajos del Archivo del Ministerio de Hacienda. Tan temprano como en 1957 redactó un Estudio sobre la aplicación de los métodos automáticos en servicios bibliográficos por encargo del Ministerio de Educación Nacional. Siete años más tarde, en 1964, pronunció en la Biblioteca Nacional de España una conferencia sobre Mecanización de catálogos de bibliotecas, de la que se publicó una amplia reseña en el Boletín de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas, cuando se iniciaba la automatización de The Library of Congress de Estados Unidos. También había impartido varios cursos sobre informatización de bibliotecas y elaborado un programa doméstico para la automatización del catálogo de la biblioteca del Centro de Cálculo, previo al que se acometió en 1979. En 1982, por encargo del Ministerio de Cultura llevó a cabo un Estudio sobre la viabilidad de un Sistema Automatizado de la Biblioteca Nacional (SABINA). Era, pues, una persona adecuada tanto por sus conocimientos bibliográficos, biblioteconómicos e informáticos al que no le resultaba ajeno el mundo de las bibliotecas, que prácticamente, había mamado en su casa pues en ellas trabajó su padre, Justo García Soriano, y trabajaba su hermano, Justo García Morales, mi padre.
 
Recuerdo la reunión que mantuvimos Ernesto y yo en una cafetería de una de las calles perpendiculares a Goya. Había un tráfico de mil demonios, pues nuestra cita coincidió con la celebración de un partido de fútbol entre el Real Madrid y el Inter de Milán con la obligación madridista de remontar el resultado adverso que había sufrido en el estadio del equipo italiano. Le expuse el proyecto y la situación en la que se encontraba. Al principio Ernesto era reacio porque estaba a punto de ser nombrado asesor del Ministerio de Universidades para evaluar la situación de la política científica y formular propuestas para su desarrollo. Al final conseguí que aceptara reunirse con Miguel Jerez, aunque con unas ciertas condiciones como horario libre, asistir unos días a la semana y que contratara a programadores. Al día siguiente informé a Miguel Jerez y concretamos una fecha y hora para entrevistarse.
 
La reunión resultó positiva y se alcanzó un acuerdo. Ernesto colaboraría como asesor, o director informático realizando unas horas a la semana y aportaría una persona de su confianza que se encargaría del análisis orgánico y programación de la aplicación. Esta persona era Carmen López de Sosoaga Torija, antigua alumna de Ernesto en la Facultad de Matemáticas, hija de una compañera de estudios y con la que yo había colaborado asesorándoles en el diseño de una base de datos y la edición de una revista del Instituto de Cultura Hispánica que le habían encargado a aquel. Carmen se reunió con Miguel Jerez y llegó a un acuerdo. Su dedicación no sería a jornada completa y la ayudaría en la programación un conocido suyo: Eduardo Martín Yuste. De esta forma y con cargo a la financiación del proyecto del INI, se formó el núcleo fundacional de la que pretendía ser la primera aplicación con tecnología española para la gestión automatizada de las bibliotecas.
 
El objetivo del proyecto era dotarlas de una herramienta que permitiera realizar todos los procesos técnicos de forma compatible con los llevados a cabo por otros centros para racionalizar y optimizar las tareas y los recursos humanos encargados de su ejecución. También se pretendía agilizar los servicios existentes, como las diferentes clases de préstamos de publicaciones (lectura en sala, préstamo domiciliario y entre bibliotecas), optimizar otros, como la búsqueda y recuperación de información bibliográfica, la edición de catálogos y prestar servicios personales, como la difusión de novedades bibliográficas y de los documentos existentes sobre un tema concreto.
 
Hoy en día nada de lo dicho parecerá novedoso e, incluso, muchas personas lo considerarán obsoleto. Tienen razón, pero hay que tener presentes la época de la que estamos hablando (primeros años de la década de los años 1980), la situación de las bibliotecas españolas y de la informática y telecomunicaciones.
 
La transición democrática y la Constitución española de 1978 habían transferido la gestión del sector del libro, archivos, bibliotecas y museos a las Comunidades Autónomas. Muchas de ellas carecían de Estatuto de Autonomía y de normas legales que regulasen la organización y funcionamiento de estas instituciones. En la mayoría de los casos sólo se disponía de los convenios de gestión que enumeraban las competencias que se trasvasaban y una legislación estatal que se veía desprovista de contenido o, al menos, se requería de exégesis sobre su adecuación al nuevo tipo de Estado. Incluso se transfirieron recursos humanos, que no percibían claro cuál era su situación económica ni su dependencia orgánica. Por otra parte, algunos de estos funcionarios se iban a encontrar sorprendidos con un adelanto de las jubilaciones: a partir de la legislación de 1984 dedicada a la función pública. Esta modificación dio lugar a que muchos bibliotecarios, que tenían prevista su retirada a los 70 años, adelantasen de forma progresiva a los 65. Este hecho ocasionó la “desaparición” de los profesionales más cualificados o, al menos, experimentados. También originó un casi inexistente relevo generacional: muchos de los que ingresamos en los cuerpos funcionariales en aquella época ignorábamos por qué se hacían las cosas como se hacían y tuvimos que intuirlo o descubrirlo con la ayuda de otros empleados públicos que llevaban algunos años trabajando en esa institución y que disponían de conocimientos prácticos, pero, en algunos casos, desconocían los fundamentos teóricos.
 
Las bibliotecas no tenían una buena reputación entre los políticos y algunos catedráticos universitarios. Este era, en mi opinión, uno de los motivos por los que los temas de cultura se transfirieron entre las primeras competencias a las Comunidades autónomas. Carecían de todo tipo de recursos, desde los económicos hasta los necesarios para el más elemental mantenimiento. Los presupuestos destinados a la adquisición de publicaciones eran escasos. Este hecho ocasionaba que las colecciones no fueran tan actuales como debieran y no se pudiera ofrecer a los usuarios los últimos progresos en el conocimiento. El mobiliario era desigual y en él convivían diversos modelos de puestos de trabajo, de lectura y de estanterías. En bastantes bibliotecas el presupuesto dedicado a luz y calefacción era insuficiente para calentar las dependencias y realizar un mantenimiento mínimamente correcto.
 
El personal era insuficiente para el volumen de trabajo y los facultativos, auxiliares, administrativos y subalternos se tenían que ver reforzados por señoritas que hacían el servicio social y por personal contratado, que hasta el 30 o 31 de diciembre no sabíamos si nos renovaban un año más o no. Otros trabajadores los empleaban los propios centros con cargo al denominado fondo de reptiles, es decir, el conseguido por el pago de fotocopias, fotografías y microfilmes entre otras variadas procedencias. No faltaban personas que realizaban las horas extras en una biblioteca, aunque su destino estuviera en otra, o que las hacía otra persona en su lugar. El titular del puesto de trabajo entregaba el importe de aquellas a su suplente por no poder llevarlas a cabo él.
 
En aquel entonces, hasta que empezaron las Facultades de Biblioteconomía y Documentación, nos formábamos en las clases que se impartían en la Escuela de Documentalistas, ubicada en la sede de la Biblioteca Nacional, en la que se enseñaba biblioteconomía, bibliografía, documentación y archivística a las personas que tuvieran la titulación de bachiller superior o de licenciado. También existía la Escuela de bibliotecarias de Cataluña y la docencia impartida en Navarra o en cursos organizados por las asociaciones profesionales o el Centro de Estudios Universitarios (CEU). La mayoría de los alumnos, una vez concluidos los dos años de la Escuela de Documentalistas, se dedicaban a preparar las oposiciones del Estado o de los cuerpos de auxiliares de bibliotecas que se iban creando en las universidades y, más tarde, en las Comunidades Autónomas. Otros muchos alumnos se colocaban en centros de documentación de empresas privadas o públicas que acudían a la mencionada Escuela de Documentalistas de Madrid solicitando personal.
 
Los recursos técnicos se circunscribían en el mejor de los casos a máquinas de escribir manuales, eléctricas con o sin memoria, multicopistas, fotocopiadoras, máquinas fotográficas y lectores de microfilmes o de microfichas.
 
Yo recuerdo las diez y seis auxiliares administrativas que confeccionaban los clichés en la Biblioteca Nacional de España a partir de las fichas manuscritas o mecanografiadas redactadas por el personal bibliotecario. Después de revisados los clichés, se pasaban a las personas encargadas de reproducir tantas copias como se indicaban en aquel. La cifra se calculaba contando las entradas en el registro de fichas secundaria (materias, coautores, colaboradores, título cuando lo estipulaban las reglas de catalogación, y las notaciones CDU), a las que se añadían otras dos: una correspondiente al autor principal y otra destinada al catálogo topográfico: la mayor parte de los fondos se encontraban en acceso cerrado colocados por número correlativo e indicación del piso del Depósito General o de la colección especial. Una vez multiplicadas, el juego de fichas volvía a las auxiliares administrativas para que escribieran la entrada secundaria que correspondiera en la parte superior de la ficha. Finalizada esta tarea, se remitían los juegos a la sección de catálogos donde las ordenaban e intercalaban en los ficheros correspondientes, diccionario, sistemático y topográfico.
 
Me he permitido el lujo de describir este proceso para tratar de hacer ver cuál era uno de los puntos débiles de las bibliotecas manuales. Cuantas más entradas secundarias se hicieran, más costoso resultaba poner a disposición del lector una publicación. Al coste de los sueldos de los catalogadores, de las auxiliares administrativas, del encargado de la multicopista y de los auxiliares que intercalaban las fichas, había que añadir el precio de los clichés, de las cartulinas, de las cintas de las máquinas de escribir y de la tinta. Por razones económicas había que reducir los puntos de acceso a la información bibliográfica. Además, los humanos no podían hacer las operaciones booleanas con tanta rapidez y precisión como los procesadores informáticos para obtener resultados más pertinentes y con menos ruidos. Este proceso y el del préstamo domiciliario era en aquel entonces el objeto y la justificación de todo proceso de automatización de la gestión de bibliotecas. Se economizaban costes y tiempo, se redistribuían los recursos humanos, se conseguía una recuperación de la información mejor y una gestión mucho más eficaz de los préstamos al conocer los vencidos, los reclamados y las sanciones por el incumplimiento de los periodos de tiempo, sin obviar la posibilidad de elaborar unas estadísticas del servicio más precisas y por más criterios que las llevadas a cabo de forma manual.
 
La situación de la informática en España en el momento en que se acometió este proyecto tenía muy poco que ver con la actual. Predominaban los grandes ordenadores, que ocupaban habitáculos amplios. Su capacidad de cálculo y de almacenamiento de la información resultaban considerablemente menores a los de cualquier ordenador personal, tableta o teléfono inteligente actual. Al mismo tiempo, desde finales de la década de los años 1970 se trabajaba en los microprocesadores, base de los microordenadores y ordenadores portátiles que irían surgiendo. El propósito era democratizar la informática y posibilitar que cualquier persona pudiera disponer de una computadora, lo que, sin duda, abría un mercado mucho más amplio que el de los main frames que sólo estaban al alcance de instituciones públicas y grandes empresas. Se pretendía, además, romper la dependencia funcional de los centros de proceso de datos y del personal informático. Había que desarrollar unos programas que pudieran ser utilizados por cualquier usuario con una pequeña formación. Ese espíritu y el de la escalabilidad, es decir, que la aplicación pudiera funcionar desde un ordenador personal a una gran plataforma, es el que animaba a los miembros del equipo encargado de desarrollar la aplicación para automatizar las bibliotecas españolas.
 
SECOINSA era una marca tras la cual estaba el soporte de Fujitsu, los equipos que también empezó a usar la Compañía Telefónica de España; era, también una de las empresas que pugnaba por hacerse un hueco en el naciente mercado al que nos hemos referido. La lucha por el mismo tenía múltiples contendientes, pero al final se quedaron reducidos a dos: IBM y Macintosh con sus procesadores y sus sistemas operativos, MS-DOS y Mac OS. Las capacidades de los primeros evolucionaban con rapidez, así como las de los discos duros, aunque sus precios eran considerablemente más elevados que en la actualidad. También vimos transformarse las memorias auxiliares que se empleaban para instalar programas y realizar copias de datos y back ups del sistema. ¿Cómo olvidar aquellos discos flexibles que habían reducido su tamaño físico y los volúmenes de datos que podían almacenar?
 
Eran tiempos de cambios constantes, de una auténtica revolución en la informática, en los métodos de trabajo y en las funciones de los trabajadores. A ello contribuyeron la comercialización de aplicaciones informáticas que se utilizaban en la escritura de textos (el WordStar de los ordenadores portátiles Amstrad y un poco más tarde el WordPerfect, al que sucedió el Word de Microsoft), en las gestiones contables (las hojas de cálculo como Lotus y más tarde Excel) y la automatización de ficheros de clientes, personal y de varios tipos de bienes u objetos… que posibilitaron los sistemas de gestión de bases de datos y que facilitaban funcionalidades difíciles de efectuar con los procedimientos habituales. Algunas empresas ofrecían en un solo paquete las tres actividades enumeradas dando lugar a los paquetes de ofimática. Así pues, una empresa podía construirse su propio centro de proceso de datos con un ordenador de sobremesa y uno de esos paquetes. Los escritores y los periodistas veían simplificadas sus tareas de escritura de artículos, noticias o libros. Sólo enumero algunos de los contextos más conocidos por mi para no extenderme, pero la microinformática se desarrolló por otros sectores y actividades.
 
Pronto las instituciones dispusieron de dos o más ordenadores personales que albergaban información útil a varios trabajadores. Intercambiarla mediante los discos flexibles implicaba repetirla con la incertidumbre de que, si alguien la modificaba, de no saber cuál era la última versión si no se actualizaba en todos los ordenadores personales. Esta disfunción la resolvieron las redes locales, mediante las que todos los equipos podían comunicarse entre sí o con un ordenador dedicado a almacenar la información en discos de mayor capacidad y a administrar las tareas y ficheros a las que cada usuario estaba autorizado.
 
Las telecomunicaciones, al menos en España, se realizaban por conmutación de circuitos, por lo que tenías que “llamar” para acceder a un servicio o base de datos determinado, predominando la conexión punto a punto que, aunque dependía de cada caso, resultaban costosas y lentas. Sin embargo, en Estados Unidos ya estaban extendiéndose los fundamentos de lo que se convertiría en Internet, basada en el protocolo TCP/IP que facilitaba el encaminamiento de paquetes de información, en lugar de los circuitos, por las redes telefónicas. Por otra parte, en el Centro Europeo de Investigación Nuclear (CERN) se comenzaban a diseñar las bases de la actual Web: los lenguajes y protocolos HTML, el protocolo HTTP y las URL o direcciones electrónicas. En la década de los años 1990 empezarían a romperse las nociones absolutas de espacio y tiempo, pues se podrían compartir mensajes, noticias, documentos, transacciones y otros servicios sin que se tuviera mucha seguridad del lugar donde residía la información ni el momento en el que se había transmitido. La globalización y las alertas de las que advertía el denominado Informe Mac Bride de la UNESCO, Voces múltiples, un solo mundo, se iban materializando.
 
En ese contexto, un pequeño grupo de personas, que trabajaban en una empresa de consultoría y asesoría en organización y planificación de empresas, pretendía desarrollar un paquete de programas para la automatización de las bibliotecas y de los centros de documentación españoles. Una de las características era que se basara en las normas internacionales y nacionales, de iure y de facto, elaboradas por organismos oficiales de normalización (ISO y AENOR), la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecas (FIAB / IFLA), la Subdirección General de Bibliotecas del Ministerio de Cultura y The Library of Congress de Estados Unidos de Norteamérica, que era la institución más desarrollada del mundo en la informatización de dichas instituciones. Aquel grupo de personas empezó a difundir entre los bibliotecarios y los informáticos españoles las normas internacionales sobre juegos de caracteres, abreviaturas de nombres de países, de redacción de tesauros, de intercambio de información bibliográfica en soportes magnéticos, de descripciones bibliográficas internacionales normalizadas (ISBD), de ficheros de autoridades de personas y series, de colecciones de publicaciones periódicas y  de ubicaciones de los ejemplares, de códigos de identificación de datos de registros legibles por máquina (MARC)... Algunos de esos estándares todavía estaban en fase de desarrollo para distintos tipos de publicaciones y de datos bibliográficos o simplemente todavía no existían; otros estaban mucho más desarrollados en lengua inglesa pero no en español. Este fue uno de mis errores: no me atreví a adoptar las versiones más completas, pues honradamente creía que competía a los responsables de la política bibliotecaria, a los que presuponía mayores y mejores conocimientos que los que yo tenía. Al fin y al cabo, entonces yo era un auxiliar de la biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid y no un bibliotecario facultativo con experiencia suficiente.
 
Había otra razón por la que queríamos implementar todas las normas que interesaban a la informática documental. No era la asumida necesidad de intercambio o transferencia de datos entre sistemas diferentes, ni la racionalización de los procesos y servicios bibliotecarios con el subsiguiente ahorro de recursos que ello implicaba y que se podían destinar a otras tareas o actividades. Ernesto García Camarero nos razonó y nos hizo comprender que de los tres componentes de un sistema informático (hardware, software y datos) los últimos eran los más importantes y costosos, pues detrás de ellos estaba la inteligencia, el tiempo invertido en su elaboración y las retribuciones de las personas que los habían creado. El hardware se quedaba obsoleto en un periodo de tiempo de tres a cinco años debido a su creciente evolución y aumento de las capacidades de las. CPU y de las unidades de memoria. Los programas informáticos también podían estar sujetos a la obsolescencia de los lenguajes de programación y a los sistemas operativos de las máquinas. Aquella idea era revolucionaria en una época en la que los grandes ordenadores y los personales valían una importante cantidad de dinero.
 
Cuarenta años después me doy cuenta de lo loco y confuso que estaba, de lo descabelladas que eran mis ideas, aunque confieso que me impulsaba el deseo de mejorar las bibliotecas de forma altruista. No sabía el cambio de conocimientos de los bibliotecarios y la modificación de sus procedimientos que aquello iba a suponer.
 
¿No existía ninguna aplicación para la automatización de los procesos y servicios de una biblioteca? He ahí la pregunta que me han formulado y me he hecho en repetidas ocasiones. Sí y no. Sí había en el extranjero muchos programas informáticos, pero estaban elaborados por una institución y conforme a los recursos informáticos de los que disponía, que no eran fácilmente transferibles a otras plataformas diferentes. No había tampoco programas “llave en mano”, que te lo dieran todo hecho, incluido el mantenimiento. Por aquella época una de las aplicaciones para la automatización de bibliotecas que se podía adoptar, siempre y cuando dispusieras del modelo de ordenador IBM y del sistema operativo en el que se había desarrollado, era el DOBIS/LIBIS. Lo implementaron, que recuerde, las Universidades de Navarra y la Politécnica de Madrid a la que siguieron otras universidades y alguna biblioteca pública. Aparte de los requisitos informáticos indicados, se basaba en una versión del formato USMARC adaptado a las bibliotecas universitarias de Dortmund y Lovaina, de donde procedía su nombre. También existía el programa desarrollado para la biblioteca del CEDEX por Consuelo Llorente y su empresa llamada Documenten. Luego estaban una serie de sistemas domésticos realizados por organismos públicos y universidades, similares al que Ernesto García Camarero, Luis Bengoechea, Javier Gimeno Blay y yo habíamos llevado a cabo en la Universidad Complutense.
 
En cuanto se refiere a España, se suele indicar como primer programa aplicado a datos bibliográficos el desarrollado a comienzos de la década de 1970 por el Ministerio de Educación para la fotocomposición del repertorio Bibliografía Española redactada entonces por el Instituto Bibliográfico Hispánico. El afán de que se pudiera aplicar la informática para la creación de bases de datos además de para la edición, fue el motivo que indujo a la redacción de la primera edición del Formato IBERMARC, basado en el MARC II y en el INTERMARC francés con algunas adaptaciones para ajustarlo a las especificaciones de las reglas de catalogación de 1964. Este fue el que también se empleó para la creación en 1980, instituido ya el Ministerio de Cultura, de bases de datos de registros sonoros y de monografías extranjeras adquiridas por la Biblioteca Nacional. Estas tres bases de datos (Bibliografía Española, registros sonoros y libros extranjeros) se distribuían por los Puntos de Información Cultural (PIC) que empleaba el sistema de almacenamiento y recuperación de la información STAIRS, predecesor del BRS, que permitía la búsqueda a texto completo, así como el uso de operadores lógicos y sintácticos que permitían refinar las consultas.
 
En el año 1977 se procede a firmar un convenio entre la Universidad Politécnica de Barcelona, la Universidad de Barcelona y la Caixa por el que se creaba el Centro de Mecanizació de Biblioteques (CMBIB). El objetivo era la realización de un proyecto de mecanización de las principales bibliotecas de Cataluña y Baleares para conseguir la creación de un catálogo general de todas las noticias bibliográficas de la región y su distribución, en formato accesible, a todas las bibliotecas integrantes del proyecto. Se inició un año más tarde y prosiguió hasta 1981, Las dos bibliotecas universitarias abandonaron el proyecto, pero la aplicación se mantuvo en las dependientes de la Caixa hasta el año 2000.
 
En 1979 se acometió el desarrollo de una aplicación que permitiera la automatización del Catálogo Colectivo de Publicaciones Periódicas de Ciencias Sociales, también gestionado por el Instituto Bibliográfico Hispánico, para el que se empleó un formato ad hoc. Cuatro años después se inició la informatización de todo el Catálogo Colectivo de Publicaciones Periódicas usando un formato desarrollado por el International Serial Data System (ISDS) con un campo para las colecciones de cada biblioteca.
 
Durante 1981 se pusieron en funcionamiento varios proyectos de gestión automatizada de bibliotecas. La Biblioteca Politécnica de Barcelona adopta el sistema MBUP (Mecanización de la Biblioteca Politécnica de Barcelona), que evolucionó al MDUP (Módulo Documental de la Universidad Politécnica) en 1986 al adaptarse el formato a las especificaciones del formato CatMARC.
 
Ese mismo año se puso en funcionamiento el SICAB (Sistema de información para un catálogo automatizado de bibliotecas) para la elaboración de la Bibliografía nacional de Cataluña, informatización de las bibliotecas populares de la Generalitat de Catalunya y el catálogo del patrimonio bibliográfico.
 
La tercera gran aplicación fue el Sistema de Préstamo Automatizado desarrollado por la empresa Olivetti y la Subdirección General de Bibliotecas. Se implantó en varias bibliotecas públicas para gestionar el préstamo domiciliario y en la Sección Circulante de la Biblioteca Nacional. Sus principales limitaciones fueron que el formato de la base de datos bibliográfica no se adecuaba al formato IBERMARC y la limitación de registros que podía administrar el sistema de gestión de base de datos adoptada.
 
No hay que descartar el desarrollo de programas locales para la automatización y edición de los catálogos de bibliotecas especializadas, como el que llevó a cabo la biblioteca del Centro de Cálculo de la Universidad Complutense con anterioridad al Proyecto de mecanización del catálogo general de esta institución que se inició en 1979 y al que ya me he referido.
 
Nuestra finalidad era diseñar una aplicación para la gestión de todos los procesos y servicios de una biblioteca usando los estándares bibliográficos de la época, que se iba a experimentar en el centro de documentación del Instituto Nacional de Industria y que se instalaría en las bibliotecas que lo adquirieran. Sería uno de los primeros sistemas llave en mano de España. Se ofrecerían estudios organizativos, se dimensionaría el equipo físico necesario para la biblioteca, se les formaría en el uso del formato MARC y en el manejo de la aplicación. También se les podrían proponer servicios, como la catalogación automatizada de los ficheros manuales, para obtener un rápido rendimiento de la recuperación de la información bibliográfica necesitada por el usuario,
 
Ernesto y yo analizábamos los datos y las funciones que se necesitaban para gestionar cada subsistema, describíamos los ficheros, las relaciones entre ellos y con los archivos específicos de otros módulos, diseñábamos los productos y dibujábamos en plantillas las futuras pantallas o interfaces de usuario. Las ideas bullían y las discusiones también, pero avanzábamos creando. Aprendí la belleza y la generosidad de las hojas en blanco que acogían los esquemas, breves anotaciones e incluso garabatos en los que se registraban nuestro conocimiento e imaginación. Entre aquellos garabatos se encontraba el que representaba el módulo de gestión del tesauro y las relaciones entre rectángulos que equivalían a términos. Hoy, cuando lo vuelvo a ver, me asombro de que de ese dibujo saliera una aplicación informática a la que la UNESCO le concedió un premio y una medalla de oro.
 
Yo documentaba el trabajo y se lo pasaba a Ernesto para que supervisara si había reflejado lo que habíamos tratado y decidido. A menudo no le convencían las pantallas (máscaras, decíamos entonces) y teníamos que volver a diseñarlas para repetir el trabajo una y otra vez. Entonces, yo estallaba y discutíamos sin comprender que buscaba la sencillez, una pedagogía que facilitara al usuario final la ubicación precisa del proceso en el que se encontraba y la utilización de aquellas interfaces. Éramos dos temperamentos diferentes pero complementarios:
 
Ernesto era la lógica matemática, no había ninguna limitación física informática y, si existía, la razón tenía que hallar una solución, era extremadamente perfeccionista e imaginativo. Cuántas veces, al analizar algo, descubría un nuevo tema de su interés, que, de forma aparente, le apartaba de lo que estábamos haciendo y le absorbía tanto que se demoraba nuestro trabajo. Era un temperamento similar al de Leonardo da Vinci: cuando pintaba un cuadro, se interesaba por un tema relacionado con éste, la luz o la anatomía humana, y lo estudiaba a fondo con el único propósito de dibujar mejor aquel cuerpo o paisaje que quería representar. Todavía recuerdo cómo los restantes compañeros de la empresa se quedaban anonadados mientras les razonaba cómo en un futuro cercano (recuérdese que estábamos a comienzos de los años 1980) el periodismo se realizaría mediante las telecomunicaciones y las personas se podrían confeccionar su propio diario, seleccionando las noticias de su interés de agencias de prensa o de otros periódicos. Y lo asombroso era que lo relacionaba con la aplicación que estábamos desarrollando, en concreto, con el servicio de difusión selectiva de la información. Cuando trabajó con la empresa LAB CD-I, para elaborar un disco compacto interactivo con motivo del quinto centenario del descubrimiento de América, enseguida se percató de que aquella tecnología y los escáneres que comenzaban a salir al mercado, se podrían aplicar en las bibliotecas para facilitar la conservación y el acceso al contenido de las publicaciones.
 
Yo era otra cosa: el método personificado, el rigor de las normas, la conciencia de que había que realizar el trabajo para el que me habían contratado, el respaldo de mis decisiones en documentación, el exceso de credibilidad en los conocimientos de mis compañeros bibliotecarios… Así íbamos avanzando con el deseo de que nuestro trabajo sirviera a las bibliotecas y centros de documentación, a los lectores e investigadores, a la sociedad. Creía que esas instituciones eran imprescindibles para el desarrollo de los individuos y de la comunidad al facilitarles el acceso al conocimiento registrado en toda clase de publicaciones.
 
Mientras diseñábamos los elementos técnicos de un subsistema, Carmen López de Sosoaga y Eduardo Martín Yuste se formaban en el sistema operativo PICK, que, además, disponía de un sistema de gestión de bases de datos. Si yo redactaba la documentación, Ernesto trabajaba con Carmen López de Sosoaga para analizar las posibilidades de adecuar las especificaciones teóricas a las características del software de base y de la programación de los archivos, las pantallas y los procesos o algoritmos al lenguaje BASIC. Al finalizar estos trabajos, volvíamos a reanudar nuestras reuniones para acometer otro módulo.
 
Cuando iban concluyendo los programas, me correspondía comprobar su correcto funcionamiento. Para ello realizaba varios supuestos que implicaran múltiples casuísticas. Si detectaba alguna disfunción (no se accedía a una tabla de valores, se interrumpía la ejecución del programa, no se accedía, por ejemplo, al fichero de autoridades desde una pantalla de un campo que fuera punto de acceso…), se lo comunicaba a Carmen o Eduardo. Ernesto, por su parte, también llevaba a cabo pruebas de claridad terminológica, de ubicación del usuario en la tarea, de diseño estético y operativo. A menudo apreciaba una posible mejora, que comentábamos los tres y que, si la considerábamos procedente, suponía modificaciones en el programa y en la documentación del sistema. Mi obsesión por dejar registrado todo se debía a mi deseo de que el proyecto se independizara de las personas que lo habían emprendido para que, si se incorporaba o nos sustituía otra persona, supiera cómo era la infraestructura de la aplicación: nada debía depender de una persona determinada.
 
Así iban transcurriendo los días y desarrollándose el trabajo. Los compañeros consultores no comprendían que fuera tan laborioso y requiriera tanto tiempo el proyecto y eso que yo les informaba de lo que había leído en un artículo profesional sobre el desarrollo de un sistema automatizado de bibliotecas: el autor, un experto reconocido internacionalmente, estimaba una duración de 10.000 horas de trabajo de una sola persona. Aquella cifra ocasionaba silbidos y sonrisas y aún risas entre mis compañeros. No entendían que fuera más complejo que llevar a cabo un programa de proceso de texto o de hoja de cálculo.
 
Cuando el módulo de catalogación de monografías y colaboraciones en libros o revistas estuvo más o menos terminado, se empezó a estudiar la posibilidad de ponerlo en marcha en la biblioteca del Instituto Nacional de Industria, lo que nos facilitaría un banco de pruebas más completo y real de cara a la comercialización de la aplicación.
 
La implantación en el centro de documentación del INI puso de manifiesto que éste podía ir adquiriendo el sistema informático con la configuración adecuada a su volumen de datos y usuarios. También podrían ir adaptando los lugares de los puestos de trabajo y llevando a cabo las reformas precisas para el cableado de datos y eléctrico. Así mismo implicaba la necesidad de una persona que se dedicara a enseñar el manejo de la aplicación a las bibliotecarias, a resolver sus dudas y a redactar el manual de usuario. Esa persona debía tener formación en biblioteconomía e informática. Así fue cómo se incorporó al equipo Isabel Quintana Martínez. La instruí, aunque, a decir verdad, ella sola aprendió practicando horas y horas delante de una pantalla. A veces nos preguntaba a Carmen, Eduardo o a mí y luego trabajó con Ernesto para estudiar la estructura del manual de usuario.
 
En cuanto a la comercialización de la aplicación, lo primero que había que hacer consistía en dotarla de un nombre. Así me lo expusieron una mañana el presidente y el director del Departamento de Consultores. “Piensa en un nombre que lleve la abreviatura del Instituto”. Les facilité dos, que revelan mi claridad mental y mi incapacidad para el márquetin: SAID (Sistema Automatizado de Información Documental) o SABINI (Sistema Automatizado de Bibliotecas del Instituto Nacional de Industria). Les gustó la segunda opción. Hoy le hubiera denominado Sísifo teniendo en cuenta todo lo que sucedió después.
 
Una mañana, Miguel Jerez, hombre simpático, agradable y que me apreciaba mucho (suya fue la frase que tan bien me definía: Luis Ángel, a pesar de cómo eres, te quiero) llegó a mi despacho caminando con paso ligero por el pasillo de tarima al tiempo que pronunciaba mi nombre: “¡Luis Ángel, Luis Ángel!. Ya he calculado el importe del SABINI”. Fuimos a su despacho, nos sentamos en la mesa redonda de trabajo y, tras cerrar la puerta, me dijo. “He estimado con la hoja de cálculo y con la ayuda de Juan Mateo, todo lo que hemos invertido hasta ahora en el desarrollo y hemos fijado que la inversión se pudiera recuperar con la venta de cinco unidades. X millones, ¿Qué te parece?”. Confieso que no recuerdo la cifra, porque han transcurrido cuarenta años de aquella escena y he vivido demasiadas experiencias. Me pareció una cifra desorbitada, aunque incluyera el sistema operativo, la formación y un número de horas de asistencia técnica. Miguel no conocía la miseria de los presupuestos de las bibliotecas españolas en la década de 1980. No le dije la verdad, le respondí ambiguamente: aquello fue un grave error por mi parte, se lo tuve que haber advertido, pero yo no sabía nada de estimación de precios. Aquel fue el primer error y una de las causas que dificultaría el éxito de la aplicación. Posteriormente se ofrecía la posibilidad de ir adquiriendo sólo algunos subsistemas, aunque el de catalogación resultaba imprescindible. Esto solucionó algo el importe total. También se trató de rebajar el precio a la vista de las ventas, pero surgió el conflicto moral de que a los primeros clientes se les habría cobrado más que a los que compraran la aplicación a partir de fijar el nuevo precio.
 
La comercialización implicaba el diseño de un tríptico en el que se describiera sucintamente las características y funcionalidades del programa. Redacté un primer texto. Una empresa diseñó un logotipo y el formato del díptico: resultó feo, o, al menos, primitivo. Luego continuó con la ponencia que redacté para las Primeras Jornadas de Documentación Automatizadas celebradas en Madrid en 1984 y a las que fui invitado por Alfredo del Rey del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En ella realizaba una síntesis de las especificaciones de SABINI, nombre que empezaba a circular por su cuenta en el mundo bibliotecario español.
 
Empezaron las visitas a la sede de AUXINI Departamento de Consultores y las demostraciones a personal bibliotecario que iba acompañado de informáticos o cargos directivos. Ernesto hacía la presentación con las ideas más brillantes y atractivas, luego yo llevaba a cabo una demostración del funcionamiento y atendía las preguntas de tipo bibliográfico y biblioteconómico. Terminaba Miguel Jerez con los aspectos empresariales y comerciales. Decenas, centenares de presentaciones de casi dos horas de duración. Me gustaba hacerlo, pero terminaba cansado y, sobre todo, descentrado para proseguir con las tareas propias del desarrollo. Era una actividad imprescindible, pero que incidía en el retraso de la conclusión del producto, Eso y alguna respuesta no adecuada a Doña Dolores Lamarca, directora de la Universidad de Barcelona, influyó para que Miguel me sustituyera en las presentaciones por Isabel Quintana, A veces, cuando llegaba algún bibliotecario que me conocía, salía a saludarles al final de la presentación.
 
Una de las visitas clave que tuvimos fue la del entonces subdirector general de informática del Ministerio de Cultura, Don Víctor Izquierdo Loyola, acompañado de la consejera técnica de la subdirección general de bibliotecas del mismo ministerio, Doña Victoria Oliver, gran admiradora de la familia y quien encargó el estudio de viabilidad del Sistema Automatizado de la Biblioteca Nacional (SABINA) a Ernesto García Camarero en 1982, siendo subdirectora general de bibliotecas, Doña Milagros del Corral Beltrán. El propósito de la reunión era conocer las posibilidades de implantación de la aplicación para la automatización de esta Biblioteca y para solicitar colaboración en el concurso público que pensaban convocar. Víctor Izquierdo quedó satisfecho y solicitó que se le remitieran unas cláusulas técnicas para la adquisición de un ordenador y un software que funcionase en él. Al final únicamente se enviaron unas cláusulas relativas al programa de aplicación. Sobre este asunto volveré en el próximo capítulo.
 
La catalogación de los nuevos ingresos de la biblioteca del INI continuaba. Sin embargo, el ritmo no era lo suficientemente rápido para que los directivos y las bibliotecarias, con Doña Pilar Blanco al frente de la biblioteca, apreciaran las ventajas de la automatización. Además, el personal de ésta se veía obligado a mantener y utilizar el sistema manual y el informático cada vez que tenían que realizar un trabajo o prestar un servicio. Estos hechos pusieron de manifiesto que convenía grabar en la base de datos las referencias bibliográficas de las publicaciones ingresadas con anterioridad al inicio de la gestión automatizada. Surge así la necesidad de la reconversión o retro catalogación, como lo denominaría algunos años después mi compañero Xavier Agenjo, de los catálogos manuales a información digital. El personal de la biblioteca era insuficiente para realizar este trabajo y el del día a día; tampoco había posibilidades de que se contratara personal temporal para efectuarlo. A falta de bases de datos bibliográficas con volumen suficiente de registros catalográficos codificados en formato MARC de los que se pudiera obtener la información, la solución más viable era que el Departamento de Consultores de AUXINI facilitara este servicio y que se facturara al INI. Como no disponíamos de personal suficiente, hubo que contratar un equipo de personas, que tuvieran formación biblioteconómica recibida en alguno de las asociaciones o instituciones docentes en las que se impartía: ANABAD, SEDIC. CEU… Al final se seleccionó a las alumnas Pilar Fernández Roca, Carmen López Carmona, Teresa Suárez, Lourdes (no recuerdo su apellido) y, algo después, Beatriz de Andrés. Creo que no me equivoco si afirmo que fueron las primeras profesionales españolas de una actividad que se ampliaría en los años siguientes a otras empresas, creadas para prestar el servicio de retro catalogación, a medida que la automatización de las bibliotecas españolas se iba extendiendo.
 
Isabel Quintana se encargó de su formación en el manejo de la aplicación y en el conocimiento del formato IBERMARC, enriquecido con los campos 520, Resumen, y 773, Documento fuente, de reciente creación por el Comité MARBI de The Library of Congress para posibilitar la inclusión de los datos bibliográficos del libro o revista en la que se había publicado la colaboración o artículo. Isabel se ocupó también de la revisión de los registros informáticos comprobando en los hard copies la calidad de la catalogación, la correcta codificación y de la corrección de los errores tipográficos, que dificultaran la recuperación de la información. Cuando la retro conversión fue avanzando, Pilar Fernández Roca, mi aventajada sucesora, profesora de innumerables bibliotecarios españoles, sustituyó a Isabel Quintana, que tenía que atender a los potenciales clientes que solicitaban demostraciones. Al principio se les abonaba una cantidad (que extraje de una publicación de un bibliotecario norteamericano convirtiendo el importe en dólares a pesetas) por registro, pero este criterio se demostró inconveniente y optamos por pagarlas una cantidad mensual.
 
Isabel, Pilar, Carmen, Teresa, Lourdes y Beatriz continuaron trabajando en el Departamento de Consultores, reconvirtiendo los catálogos de las bibliotecas que contrataban este servicio o impartiendo formación a los bibliotecarios que adquirían el sistema Sabini. Con el transcurso de los años unas se fueron a otra empresa, a entidades como la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, a bibliotecas donde encontraron un puesto de trabajo...
 
No puedo detallar todas las actividades que llevé a cabo mientras trabajé en AUXINI Departamento de Consultores porque la memoria ha borrado recuerdos para dejar sitio a otras vivencias posteriores y porque convertiría estas memorias en una publicación demasiada extensa. Recuerdo algunos instantes que se me antojaron relevantes en su día, por ejemplo, cuando fui a la Facultad de Humanidades de la Universidad de Salamanca en unas fechas de un frio intenso, pero que no impidieron que conociera por vez primera esa hermosa ciudad, o cuando me enteré de que las Universidades de Cantabria y Santiago de Compostela habían adquirido la aplicación. Tampoco puedo olvidar aquella mañana en la que me perdí en mi cerebro. Estábamos redactando las especificaciones técnicas de un concurso para la automatización del Congreso de los Diputados, cuando percibí un pitido intenso en los oídos y empecé a ver círculos luminosos, mientras se hacía la oscuridad en mi cerebro. Duró apenas dos o tres minutos, pero Ernesto y Miguel se asustaron y me mandaron a casa para que descansara y me tomara el cercano puente del 1 y 2 de mayo, lo que Charo y yo aprovechamos para ir a Granada. Allí me repuse a pesar de que tuvimos unos días muy lluviosos que enturbiaron la visita a la Alhambra y nos encontramos en medio de las manifestaciones del día del trabajo.
 
Aquellos años fueron los más creadores de mi vida profesional. Resultaba muy duro el trabajo, pues mi cerebro tenía que pensar todas las posibilidades en la ejecución de un proceso, que luego se transcribirían en instrucciones de un lenguaje de programación. Era muy fácil olvidarse de una opción y tener que repetir todo el diagrama de flujo y la redacción en lenguaje natural. Inputs. Procesos, alternativas posibles, ficheros a consultar o en los que guardar la información temporal o permanentemente, outputs del algoritmo, que podían convertirse en inputs de otro procedimiento. Siempre recordaré el prodigio de que se hiciera realidad en la pantalla de un ordenador lo que habían concebido y pensado nuestras mentes,.
 
Ya me he referido al diseño del módulo de tesauro y de fichero de autoridades, pero también me resultó fascinante cuando acometimos el sistema de consulta. Eran años tan primitivos que las búsqueda y recuperación de la información se llevaban a cabo mediante lenguajes de comandos. No existían ni los menús, ni la caja de consulta ni mucho menos los OPAC’s (Online Public Access Catalog). De hecho, nos enteramos de su nacimiento a través de la lectura de revistas profesionales a las que estaba suscrito y de un libro que adquirimos en la librería Troa de la calle Serrano de Madrid que versaba sobre esa novedad que ocupaba a las bibliotecas de los Estados Unidos de Norteamérica. Por cierto, mi compañero Guillermo Sánchez Martínez, director entonces de la biblioteca de la Universidad de Cantabria, tradujo aquel concepto a CAPEL (Catálogo de Acceso Público en Línea), pero no tuvo éxito: los españoles somos tan pacatos que siempre preferimos las palabras en inglés a las de nuestro idioma.
 
Recuerdo siempre mis dudas sobre la adopción o no del formato MARC o de la adaptación española, el IBERMARC. Si hubiera sido más valiente y menos respetuoso con los bibliotecarios españoles que dirigían entonces los principales centros y la política bibliotecaria española, habría tomado la decisión de implementar el formato MARC vigente en aquella época, tanto el destinado para los registros bibliográficos, como para los registros de autoridades, cuya primera edición norteamericana databa de 1976, pero no lo fui. Sólo tomé la decisión de hacerlo con el formato MARC de Holdings (palabra que traduje por fondos y localizaciones) que se editó por vez primera en 1984 en Estados Unidos y del que compramos el primer ejemplar en España. Lo hice pues iba a resultar imprescindible para la informatización del proceso de control de las colecciones de publicaciones seriadas. Sí decidí incluir algunos campos en el formato IBERMARC, como el campo 773 dedicado a codificar los datos del documento en el que se había publicado un capítulo, artículo de revista o colaboración en un congreso. También introduje el campo 852 dedicado a las signaturas topográficas y los datos de las publicaciones digitales. Contradictorio, siempre he sido contradictorio. Creía que, con la incorporación de la etiqueta para el documento fuente y la correspondiente al resumen, los formatos MARC se podrían emplear en la creación de bases de datos documentales constituidas fundamentalmente por los artículos editados en revistas y las colaboraciones en monografías colectivas, pero me equivoqué. La industria de bases de datos referenciales especializadas seguía sus propios criterios y le resultaba muy laborioso y costoso reconvertir la información que albergaban a un estándar de facto. No se logró racionalizar los recursos ni ofrecer a los usuarios finales una única fuente de información bibliográfica, con lo que los mismos datos se escribirían una y otra vez en diversas instituciones bibliográficas y documentales.
 
Algo vino a interrumpir mi presencia en esa empresa. Cuando iban a renovar por segunda vez mi contrato en el mes de mayo de 1985, se denegó y me encontré en el paro y sin poder reingresar en mi puesto de trabajo de auxiliar de biblioteca en la Universidad Complutense. No existía ninguna razón personal: el gobierno de Felipe González decidió empezar la privatización de las empresas públicas del INI para reducir el gasto de la Administración General del Estado. AUXINI, en la que estaba incorporado el Departamento de Consultores, fue una de las primeras en ser privatizadas.
 
Se inició así un proceso que generó mucha controversia dentro del gobierno y del partido socialista: unos eran partidarios de formar al personal en otras capacidades antes de incorporarles a empresas nuevas más rentables y adecuadas a las necesidades de la sociedad; otros consideraban que era preferible privatizar las corporaciones y que se aprovecharan los recursos humanos más pertinentes. Fue lo que se llamó la reconversión industrial. Detrás de ella estaba la necesidad de reducir la deuda pública, como he dicho, muchos intereses de corporaciones privadas ansiosas por hacerse con el mercado de las firmas públicas y la teoría del neoliberalismo económico, que impulsaban Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Al final se optó por la opción de ir vendiendo las empresas, lo que originó aumento del paro y de la conflictividad laboral. Para nosotros supuso que se disipara el ideal de crear una industria pública del conocimiento o de la investigación, innovación y desarrollo (I+D+i). En ella los centros de documentación tendrían cabida como instituciones de apoyo que facilitaban la creación de bases de datos, el acceso a la información pertinente y a las publicaciones que la contenían imprescindible para la actualización de conocimientos y la investigación.
 
Aquella nueva situación me afectó mucho. Tal vez por mi personalidad apocada y tímida, siempre he precisado sentirme seguro, disponer de estabilidad afectiva, laboral y económica. Además, hacía relativamente poco tiempo que me había casado, vivíamos en una casa de elevado alquiler y queríamos comprar nuestra vivienda. Fue un golpe para mi autoestima el verme en la cola del paro, yendo a la oficina de desempleo. Recuerdo todavía la primera vez que fui a una de ellas, que estaba entre las calles Príncipe de Vergara y Alcalá, y a una sucursal del Banco Atlántico que estaba en la calle Narváez, donde cobraba la prestación que me correspondía durante los meses proporcionales al tiempo que había estado trabajando, unos dos años y unos meses. Al final decidí preparar las oposiciones al cuerpo facultativo de archiveros y bibliotecarios para volver a tener estabilidad y una retribución mejor que la que percibía en la Universidad Complutense.
 
Obviamente no fui la única persona afectada: todo el personal del Departamento de Consultores se encontró en una coyuntura similar, salvo algunos compañeros que eran funcionarios del INI y que se reincorporaron a sus anteriores puestos de trabajo. Otros, eligieron irse a otras empresas del organismo y un tercer grupo de personas decidieron crear una empresa particular, Organización de Consultores Sociedad Anónima (OCSA), que se dedicaría a la consultoría empresarial y a la automatización de bibliotecas. Se animaron a adoptar esa decisión teniendo en cuenta las ventas y la cantidad de todo tipo de bibliotecas y centros de documentación interesados en la adquisición del Sabini. Para entonces se comprobó que el sistema operativo PICK funcionaba en una amplia variedad de ordenadores personales y de grandes main frames, si bien con otro nombre, que implicaba una evolución o mejoría sustancial. También nos informamos de que varios sistemas llave en mano de Norteamérica se habían desarrollado sobre este sistema operativo. Aconsejaban su utilización por su naturaleza escalable, incluir un sistema de gestión de bases de datos y permitir la gestión de registros de longitud variable, algo fundamental para las bases de datos bibliográficas. Tuvo el inconveniente de la pujanza del sistema operativo UNIX y de ORACLE.
 
Ernesto, Carmen, Miguel Jerez y algún consultor más fueron los principales accionistas de OCSA. La empresa se mantuvo en la misma sede y se incorporó Arantxa, hermana de Carmen López de Sosoaga. Yo fui contratado de nuevo en octubre de 1985 hasta la primavera del año siguiente, en el que obtuve la oposición y me incorporé a la Administración. Sin el respaldo del INI, había que cuidar más los ingresos y los gastos, aunque el entusiasmo no disminuyó. Ganaron el concurso para el desarrollo del software para la automatización de la Biblioteca Nacional, aunque se tardó un tiempo en publicar y resolver el correspondiente al equipo físico y al programa de base sobre el que se tenía que desarrollar. La noticia se extendió por el mundo bibliotecario español, iberoamericano y hasta europeo y aumentaron las contrataciones. Tuvieron, pues, que multiplicarse para atender varias instalaciones, proseguir el desarrollo de Sabini y llevar a cabo las modificaciones concretas solicitadas por los clientes.
 
Esta situación se hizo más compleja cuando se inició el desarrollo del software para la Biblioteca Nacional, soportado en el ordenador IBM del centro de proceso de datos del Ministerio de Cultura, sobre el sistema operativo DOS y el lenguaje de programación COBOL. Aquello suponía llevar a cabo un programa nuevo en la sede del Ministerio hasta que se pudieron instalar los ordenadores y los periféricos de la marca NIXDORF Computer que obtuvieron el concurso del hardware de la Biblioteca Nacional. Luego hubo que esperar hasta que se contrató la línea telefónica punto a punto de 2 MB que conectaban los NIXDORF con el IBM en el que se ejecutaba la aplicación y se almacenaba la información. Sólo entonces se pudieron desplazar Carmen López de Sosoaga y Eduardo Martín Yuste a la sede de la Biblioteca para empezar el desarrollo. Esta configuración fue decisión exclusiva del responsable del centro de proceso de datos del Ministerio.
 
Yo acudía a OCSA para atender alguna consulta de Ernesto y a formar a Pilar Fernández Roca en las funciones que hasta entonces había realizado yo: redacción de la documentación y de los manuales de usuario, estar al día de las actualizaciones en los formatos MARC, probar los nuevos desarrollos. A todo ello se añadía la atención a los clientes, la instalación del Sabini e impartir cursos de formación. A ello se unió la colaboración con los programadores para el diseño y modificación de las pantallas o interfaces. Por aquella misma época, yo asistía a congresos e impartía cursos en asociaciones profesionales y universidades al tiempo que iba confeccionando los temas de la oposición.
 
La rama de bibliotecas de OCSA tenía trabajo de sobra, pero los consultores no tenían tanta actividad. Eso originó discrepancias y los nervios de algunos accionistas estaban tensos. El departamento de bibliotecas tenía muchos clientes, pero tardaban en pagar: la mayoría eran instituciones de alguna de las administraciones públicas y éstas siempre demoran las contrataciones y mucho más los pagos. Esta dinámica estranguló e hipotecó muchas empresas españolas de entonces y facilitó el predominio de las grandes marcas y de las compañías multinacionales, que eran las que podían hacer frente a los retrasos en los pagos.
 
Estos hechos y las tensiones internas ocasionaron que OCSA se disolviera y se creara una nueva empresa con el mismo nombre que el producto: Sabini. El local era demasiado amplio y caro, por lo que una de las primeras decisiones fue buscar uno nuevo. La sede física y social se estableció en la calle Hileras, de Madrid, si bien se trasladó algunos años después a la calle Amor de Dios. Los accionistas se redujeron a Ernesto, Carmen, Arantxa y Eduardo y también el número de trabajadores. Además de ellos estaba Itziar López de Sosoaga, Carmen López Carmona y Pilar. Prosiguieron su actividad y atendieron a sus clientes, llevando a cabo nuevos desarrollos, como la puesta en funcionamiento de una de las primeras aplicaciones españolas basadas en el protocolo Z39.50 que permitía la transferencia de registros bibliográficos entre diferentes sistemas y participaron en algunos proyectos de la Comunidad Europea.
 
Sabini funcionó como empresa hasta comienzos del siglo XXI con la denominación de Sabini Web, En el año 2006 se fusionó con Scanbit, una firma del País Vasco y se constituyó la compañía Libritech Ibérica con sede social en Vitoria Gasteiz hasta que se liquidó en 2017. La aplicación adoptó algunas características del programa Librisuite originando el producto Sabini-Librisuite que se comercializaba junto otro software denominado Amicus-Librisuite. Amicus fue el heredero del sistema DOBIS / LIBIS, que se implementó en bibliotecas públicas y universitarias españolas. Me consta que ni en esta fusión empresarial, ni en la nueva entidad que se formó, no participaron ni Ernesto García Camarero, ni Eduardo Martín Yuste, ni Pilar Fernández Roca. Esta última fue contratada por la empresa Baratz, diseñadora y comercializadora, entre otros, de los sistemas Absys y AbsysNet.
 
Sabini probablemente fue una de las primeras aplicaciones llave en mano desarrollada en España para la gestión integrada de automatización de bibliotecas. Despertó el mercado y surgieron otras compañías competidoras, alguna de las cuales pirateó la aplicación, y animó el interés de otros fabricantes de programas extranjeros semejantes, por el sistema bibliotecario español. Sirvió como escuela para que muchos profesionales aprendieran qué era el formato MARC en la práctica y a catalogar directamente en pantalla sin necesidad de grabadores de datos intermedios. Contribuyó a que los bibliotecarios crearan los primeros ficheros de autoridades: hasta entonces pocas secciones de catalogación disponían de un fichero en el que se incluían las autoridades y las referencias a las mismas, pues lo habitual era que estas remisiones estuvieran incluidas en el catálogo diccionario de las bibliotecas. También fue pionera en diferenciar los tres tipos de ficheros que intervienen en una base de datos bibliotecaria: los que contenían las descripciones bibliográficas de las publicaciones comunes a todos los ejemplares de una misma edición, los que albergaban la información especial de cada copia (coordenadas para su ubicación en el depósito, anotaciones de procedencia y de rasgos específicos, números de una publicación periódica disponibles,  ….) y los que aseguraban la uniformidad y las relaciones entre los puntos de acceso para facilitar la recuperación de la información. A estos tres pilares de un sistema de gestión de bases de datos se unió el fichero que almacenaba los contenidos de los documentos digitalizados o creados de forma digital. Son, en resumen, los ficheros bibliográficos, de fondos y localizaciones, de autoridades y el documental. Hay más archivos principales necesarios para la automatización de los procesos de adquisiciones, préstamos, etc. pero los enumerados son, en mi opinión, los claves.
 
¿Qué sucedió para que esta aplicación, que llegó a contar con más de 200 instalaciones en España, Hispanoamérica y Europa terminara desapareciendo, a pesar de ser un ejemplo de que se podía desarrollar una tecnología capaz de competir con otras del resto del mundo?. Me he formulado esta pregunta múltiples veces y creo que las causas fueron varias y diversas.
 
En primer lugar, el proyecto no se adjudicó inicialmente a la empresa pública del INI más pertinente. Sin duda hubiera sido más adecuado que se asignara a SECOINSA, propietaria del hardware software sobre el que había que desarrollar la aplicación. Ella hubiera podido destinar personal informático con la suficiente formación en el manejo de esa plataforma. Lo extraño es que se encomendara a la empresa auxiliar de la industria y, dentro de ella, a un Departamento de Consultores, con una capacitación indudable en planificación estratégica y gestión y administración, pero con conocimientos informáticos sólo a nivel de usuario final. Quizás el lugar adecuado hubiera sido alguna institución pública científica y tecnológica o una Universidad Politécnica donde se impartía computación e informática. Pero quien adoptó, aprobó y financió al principio el proyecto fue el Instituto Nacional de Industria,
 
La carencia de personal informático me indujo a introducir en el equipo a la otra cabeza creadora de la aplicación desarrollada en la Universidad Complutense, Ernesto García Camarero, uno de los padres de la informática en España, que en su juventud había trabajado en bibliotecas, lo que facilitaba la comunicación entre los dos y que comprendía las características técnicas de los registros bibliográficos y la gestión de registros informáticos de longitud variable. Carmen López de Sosoaga también había demostrado estas últimas características técnicas y tenía una buena relación con Ernesto. Tal vez la principal disfunción fue que al comienzo no pudieran dedicar más horas al trabajo por la relación laboral que mantenían con el Departamento de Consultores, pues desarrollaban otras funciones como asesor ministerial, director de un proyecto del Quinto aniversario del descubrimiento de América y como docente en la UNED. Esta limitación fue superada y resarcida con creces a lo largo del tiempo en el que trabajaron en el proyecto.
 
El entorno informático nos vino impuesto por el patrocinador. Muy pocas personas y empresas conocían el sistema operativo PICK y sus ulteriores implementaciones (Reality, Ultimate, UniVerse, Uni Data, PI/open, ADDS, Fujitsu Microsystems of America, D3 …) y actualizaciones. Era sencillo de manejar, tenía valores importantes para definir ficheros o archivos con las características de los registros bibliográficos e integraba un sistema de gestión de base de datos, que no llegamos a utilizar que yo sepa. Contaba con una peculiaridad muy buena: funcionaba en casi todos los ordenadores personales que iban apareciendo en el mercado y en muchos grandes ordenadores. Eso nos permitía independizar la aplicación de los equipos físicos posibilitando que las bibliotecas pudieran comenzar desde un sencillo PC e ir escalando en la potencia y capacidad del hardware conforme a sus necesidades y a su disponibilidad presupuestaria hasta un main frame. En contra teníamos el desconocimiento en España de este sistema operativo y la agresividad comercial y técnica de UNIX y Oracle. Hubo un momento que parecía que hubiera una auténtica guerra entre estas dos opciones. De todas formas, una vez desvinculados de la financiación del INI y de sus imposiciones, tal vez se debió haber programado la aplicación para el entorno UNIX a la vista de las tendencias del mercado. Sí puedo recordar que, en los últimos años, pero antes de fusionarse con Scanbit, se estudió la alternativa de reprogramarlo para un software libre como Linux.
 
Nadie entendió que Sabini era en sí mismo un sistema de gestión de bases de datos no dependiente de los que entonces existían, Tenía capacidad de definir interfaces, de crear y gestionar sus propios archivos, de efectuar las consultas y operaciones booleanas con las informaciones almacenadas en ellos y de transferir información entre archivos principales distintos. Todo ello posibilitaba independizarse de un SGBD concreto vinculado a un equipo o sistema operativo. Además, la naturaleza de los datos textuales, de las estructuras jerárquicas y de la información relacionada dificultaba elegir un único modelo de SGBD o de comunicar dos o más SGBD distintos (un relacional con un jerárquico, por ejemplo). Hoy reconozco que haber usado un sistema de gestión de base de datos seguramente hubiera agilizado el desarrollo, de algunos subsistemas, aunque hubiera requerido estudiar otras opciones para los restantes módulos.
 
Las personas y las empresas envidiosas de Sabini comenzaron a propagar fallos y desinformación con el objetivo de desacreditarla y hacerse con su mercado y clientes. Uno de los errores que le imputaban fue la cantidad de recursos de memoria central y de unidad de proceso que requería la ejecución de los programas escritos en BASIC o COBOL. No tengo la capacidad técnica suficiente para juzgar si las críticas tenían o no razón. Quizás hubo un afán desmesurado en emplear muchas instrucciones para que el programa se comportase como si fuera un lenguaje ensamblador o máquina. Tal vez se pudieron utilizar instrucciones más potentes que hubiesen reducido el consumo de aquellas capacidades y hubieran disminuido los tiempos de respuesta del ordenador.
 
Mi carácter respetuoso con los bibliotecarios a los que competía tomar las decisiones técnicas, estricto con el cumplimiento de los estándares de la informática documental y perfeccionista dificultaba el desarrollo cuando apreciaba que algo no era correcto. Al final, salvo con las especificaciones del directorio de la norma ISO 2709 sobre estructura de los registros bibliográficos que era sólo aplicable a la información bibliográfica intercambiada mediante cintas magnéticas, los registros estaban codificados con sus identificadores definidos por IBERMARC / MARC y los códigos de subcampo se convertían de forma automática en la puntuación estipulada por las ISBD, excepto en los casos que un mismo subcampo pudiera referirse a dos elementos de datos.
 
Las interfaces o pantallas para la gestión de los datos, sobre todo los del módulo de catalogación y gestión de autoridades, fue uno de los puntos más controvertidos o criticados de Sabini. En lugar de utilizar un programa editor se optó, por emplear una máscara para cada campo. En una primera pantalla aparecían todos los campos bibliográficos y podías señalar las etiquetas de los que ibas a emplear para la catalogación del libro que tenías entre las manos y posteriormente te iban apareciendo una tras otra cada máscara; el software te avisaba cuando te habías olvidado cumplimentar alguno establecido como obligatorio, como era el caso del título. Como he dicho, tras el literal de cada código identificador de contenido, el programa grababa el código MARC correspondiente y la puntuación ISBD sin necesidad de que la escribiera el bibliotecario. Desde los campos bibliográficos de autoridades, se accedía al listado alfabético de las mismas, se podían marcar y asociar al registro bibliográfico que se estaba creando o modificando; si no existía el punto de acceso, se podía redactar sin entrar en el proceso de gestión de autoridades; si escribías una referencia existente, el sistema corregía al catalogador y copiaba de forma automática la autoridad… Pero todas estas y más facilidades diseñadas para optimizar el trabajo, garantizar la uniformidad de los datos y permitirles desarrollar otras tareas que requiriesen más inteligencia, no gustaban a los bibliotecarios. Ellos preferían elegir las etiquetas, los indicadores, los códigos de subcampos, la puntuación … Así se sentían más seguros y necesarios. “¡Qué lentitud!”. Era la expresión más habitual, pero no reconocían ni las facilidades, ni que se suprimían tareas realizadas manualmente (escritura de los clichés, multicopiado de los mismos, ordenación e intercalación de las fichas …), ni que la información estaba disponible en línea para el usuario cuando grababa el registro en el disco duro. Algunos técnicos achacaban la lentitud a este hecho. Quizás hubiera sido preferible que la actualización de los distintos archivos que entraban en juego cada vez que se validaba un registro, se hubiera hecho en diferido, en horario nocturno, para que el usuario tuviera disponible al día siguiente la ultimísima información …Es fácil elucubrar a tiempo pasado, cuando ya no hay el apremio del presente. Quizás nuestro carácter pedagógico tropezaba con el sentir de la mayoría de los catalogadores …
 
El equipo que trabajaba en la elaboración del sistema resultó insuficiente en todas las etapas de su vida. Quizás se lanzó al mercado antes de tiempo, faltando por concluir algunos subsistemas, y se cayó en dos disfunciones: prestar servicios de consultoría y de apoyo a la reconversión de los catálogos manuales y atender todas y cada una de las variantes de cada cliente. Así, se llegó a desarrollar una versión con múltiples variantes que había que documentar y que recordar a la hora de implantar actualizaciones, efectuar programas de transferencias de bases de datos gestionadas por otras aplicaciones a Sabini. etc. Esta insuficiencia de personal se hizo más evidente cuando hubo que desarrollar el programa para la automatización de la Biblioteca Nacional de España, aunque se contrató personal para llevar a cabo algunas aplicaciones. No se podía abarcar tanto. La demora en los abonos de los contratos de mantenimiento y en los pagos de los nuevos clientes estrangularon económicamente la empresa. Algunos pensaban que Sabini tenía que financiar la automatización de su biblioteca sin comprender que se trataba de una compañía que vivía de lo que vendía. Tampoco llegó a acuerdos definitivos con otras empresas de informática interesadas en colaborar en el desarrollo y comercialización del producto.
 
Aparte de intereses particulares de algunos responsables de la política bibliotecaria, de directores de bibliotecas, de empresas de informática (alguna que otro pirateó la aplicación en unos tiempos en los que apena había medidas de ciberseguridad ni estaban totalmente claros los conceptos de propiedad intelectual de estos productos y/o servicios) y de desarrolladores de software que surgieron al albur de Sabini, la lentitud en la atención a los clientes. la percepción de falta de personal suficiente, la dependencia de un sistema operativo desconocido y las discrepancias con algunas funcionalidades perjudicó a la empresa. Tal vez mi ausencia y el reconocimiento de mi familia en el entorno bibliotecario, también afectó a su futuro.
 
Hubo bibliotecarios que actuaban en contra porque querían promover a sus hermanos o hijos, otros que cedieron ante el favor de que una firma de programas de automatización de bibliotecas contratase a su marido en paro en una época en la que el desempleo era una epidemia nacional, algunas grandes empresas extranjeras facilitaron muchos servicios a cambio de contratos… Y hubo decisiones políticas que concedieron la informatización de múltiples ministerios a una empresa que creó una factoría en Valencia y a una multinacional tecnológica que financiaba a la internacional del gobierno en el poder. Es la intrahistoria subyacente a la automatización de las bibliotecas y de las administraciones públicas españolas… Espero que algún día salga a relucir la verdad, si subsisten los archivos administrativos de entonces.
 
Así fueron entrando en el mercado español de automatización de bibliotecas programas llave en mano como Tinlib, DataTrek, Biblio 3000, Absys, Aleph, VTLS, Millenium, Unicorn, OCLC y otros muchos además de las aplicaciones domésticas desarrolladas por instituciones públicas. Años más tarde se desarrollaron Sirtex, Digibis, Koha, Ex libris, Alma, etc. Hubo un momento en el que el mercado de la automatización de bibliotecas se saturó. Entonces, las empresas entraron en la dinámica de desinstalar una aplicación para implantar la suya. Surgió así una guerra algo turbia, que se justificaba por la aparición de nuevas técnicas y servicios amparados en la Web y en la computación en la nube. Próximamente resurgirá esta lucha amparada en la implementación del block chain y la inteligencia artificial. Algunas de aquellas ya no existen, otras se han fusionado, pero todas ellas, con más o menos éxito contribuyeron a gestionar la informatización o digitalización de los procesos y servicios bibliotecarios españoles y a formar los catálogos colectivos de bibliotecas universitarias, públicas, del patrimonio bibliográfico y participar en proyectos cooperativos internacionales y mundiales,
 
Alrededor de estos procesos, aparecieron nuevas compañías que se encargaron de grabar en soporte magnético los catálogos manuales anteriores a la automatización. Estas mismas u otras compañías se encargaban de asesorar a las bibliotecas, impartir cursos de formación, gestionar el acceso a bases de datos en soportes digitales o a los libros electrónicos y audiolibros, de escanear publicaciones impresas antiguas y volcarlas a bibliotecas digitales o repositorios. A partir de aquella necesidad de reconvertir los catálogos manuales de la biblioteca del INI, se creó un nuevo mercado y puestos de trabajo para los estudiantes formados en instituciones profesionales y los titulados de la enseñanza universitaria en biblioteconomía, documentación y ciencia de la información.
 
Siempre recordaré el día en el que Charo, mi mujer, y yo nos dirigimos a la sede de las oficinas de AUXINI en la calle Padilla de Madrid, a la espalda de la entrada principal del Instituto Nacional de Industria (INI) por la plaza del Marqués de Salamanca, actual sede del Ministerio de Asuntos Exteriores…

Confieso que no sospechaba nada de lo que aquella decisión iba a suponer, aunque ya nadie lo recuerde o lo ignore. Pero siempre ha habido una persona tras los grandes cambios y revoluciones. Hoy tampoco sabemos el nombre del inventor de la rueda, de la escritura, del arado o de cualquier otro descubrimiento ni de quién inició las grandes guerras ni las etapas de la evolución de la humanidad. Tal vez fue Nadie, como Ulises dijo a Polifemo que se llamaba. 
 


01 LA BIBLIOTECA DE JOSÉ MARÍA DE AREILZA

 D. José María de Areilza y Martínez de Rodas fue un testigo de prácticamente todo el siglo XX, que contribuyó a forjar, al menos en lo que se refiere a los aspectos políticos de España. Nació en Portugalete el 3 de agosto de 1909 y falleció en Madrid el 22 de febrero de 1998. Salvo una década, vivió el conflictivo y contradictorio siglo XX, en el que el ser humano progresó y exterminó a sus semejantes y a la naturaleza como nunca lo había hecho. Se fueron afianzando los derechos fundamentales, humanos y constitucionales, a partir del fin de la crueldad de los totalitarismos, hasta casi convertirlos en una especie de religión en la que la mayoría de los pueblos occidentales creían y predicaban, aunque, a veces, ellos mismos infringían. El hombre navegó por el espacio y aterrizó en la Luna, pero las mujeres y los niños eran violados y dejados morir en una violencia amparada en creencias mal entendidas, o en una injusta desnutrición, cuando algunos países tiraban a la basura miles de toneladas de alimentos. Los varones, mientras tanto, se mataban entre sí por aparentes ideales, que ocultaban los intereses de multinacionales y organismos internacionales dedicados al comercio.

 
El joven Areilza nació en una familia acomodada y culta, como lo fue su padre, D, Enrique Areilza, médico y cirujano de prestigio, que fundó varios hospitales como los de Basurto, Gorliz, Triano y La Arboleda. El mismo, como mínimo, mantuvo este estatus social al estudiar ingeniería industrial y derecho y al casarse con Dª Mercedes Churruca y Zubiría, Condesa de Motrico. Aprendió los tres idiomas más importantes de su época (alemán, inglés y francés), lo que le ayudó en su futura carrera diplomática y a mantenerse informado de las últimas tendencias, políticas, culturales, científicas y técnicas.
 
Con veinticinco años se inició en la política, tomando parte en las campañas electorales de la Segunda República española como monárquico independiente afiliado al Partido Renovación Española de Vizcaya. Ese mismo año, 1934, se convierte en miembro del Consejo Nacional de Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FE de las JONS). Sin duda, este hecho pudo influir en su nombramiento como alcalde de Bilbao durante la guerra civil española en el periodo comprendido entre 1937 y 1939. Al año siguiente, el general Francisco Franco le nombra director general del Ministerio de Asuntos Exteriores y, años más tarde, en 1946, Procurador en Cortes y consejero Nacional del Movimiento, cargo que desempeñó hasta 1958 durante varias legislaturas. Lo compatibilizó con su condición de embajador de España en la Argentina (1947-1949) del general Juan Domingo Perón y de su mujer, Eva Perón, que ayudaron a paliar el hambre de nuestro país. También fue embajador en los Estados Unidos de Norteamérica (1954-1960), coincidiendo con la presidencia del general Dwight D, Eisenhower, que contribuyó al reconocimiento internacional del régimen político de España. Debió desempeñar muy bien su trabajo, pues fue nombrado embajador en la Francia del también general Charles De Gaulle durante los años 1960-1964.
 
A partir de este último año se produce una brecha con el franquismo, pues regresa a los afanes por restaurar monarquía en la persona de D. Juan de Borbón, de cuyo Consejo Privado fue nombrado secretario. El distanciamiento de los principios de Franco no fue óbice para que le designaran miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1966. Fue un tiempo, que, dada la edad y el estado de salud del general Franco, empleó en concebir cómo habría que transformar el régimen existente en otro nuevo.
 
Una vez fallecido Francisco Franco, recibe el encargo de la cartera del Ministerio de Asuntos Exteriores en el primer gobierno de la transición política (1975-1976), presidido aún por D. Carlos Arias Navarro. En 1976 funda el primer Partido Popular junto con el también político D. Pío Cabanillas, y que se terminó integrando en la Unión del Centro Democrático (UCD), presidido por Adolfo Suárez González. Este hecho provocó que D. José María de Areilza abandonara la UCD y fundara Acción Ciudadana Liberal, partido que rigió hasta que se constituyó Coalición Democrática, partido en el que se aliaron varios pequeños partidos políticos. En 1979 fue elegido Diputado como miembro de esta Coalición. Dos años más tarde, fue designado presidente de la Asamblea del Consejo de Europa.
 
Su amplia bibliografía, su dominio de la lengua y su estilo literario fueron factores que contribuyeron a su nombramiento como miembro de la Real Academia Española en 1987.
 
José María de Areilza fue un escritor prolífico. Salvo error u omisión, he llegado a contabilizar unas 63 monografías en las que participó como autor, coautor o colaborador, 34 artículos de revistas, 5 conferencias, que fueron grabadas en su día, e infinidad de artículos aparecidos en la prensa periódica, algunos de los cuales se recopilaron en forma de libro. Entre sus obras podemos destacar algunos títulos como Reivindicaciones de España (editado en 1941), Historia de una conspiración romántica (1950), Embajadores sobre España (1947), Figuras y pareceres (1973), Así los he visto (1974), Diario de un ministro de la monarquía (1977), Una Europa en cambio (1982), Cuadernos de la transición (1983), Memorias exteriores: 1947-1964 (1984), Crónica de libertad: 1965-1975 (1985), La Europa que queremos (1986), A lo largo del siglo; 1909-1991 (1992) … Para escribir tan amplia y variada bibliografía, no bastaba la experiencia; necesitaba también una extensa cultura adquirida en centros docentes y mediante la lectura de muchas publicaciones. La conversación con José María de Areilza, siempre amena, asimismo revelaba esa formación y sensibilidad lograda a base de leer y de tratar a muchas personas.
 
La base de su biblioteca procedía de su padre, el doctor D. Enrique Areilza, pero él se encargó de irla aumentando mediante la compra de libros y los regalos de los autores y editores. De su progenitor procedían, además de las monografías de medicina y cirugía de escritores españoles y extranjeros, las de los grandes pensadores y publicaciones de historia y novedades literarias. Él aportó libros de literatura, política, sociología, economía, ciencia, los extensos tratados de historia, geografía, viajes y arte, de tema americano, las colecciones de mapas antiguos y una numerosa, pero selecta, recopilación de publicaciones de temática vascongada. Nos revela que nunca fue un bibliófilo, sino que buscaba en los libros su valor instrumental para volver a leerlo, encontrar una cifra, un dato o para revivir personas, historias, descripciones. En principio y a falta de una evaluación más precisa, las piezas más valiosas de su biblioteca era un incunable montserratino, una obra del siglo XVIII y una gran parte del manuscrito de las Bienandanzas e Fortunas de Lope García de Salazar, copia que perteneció al historiador Gonzalo Fernández de Oviedo.
 
Cuando D. José María de Areilza nos contrató a mi hermano José Enrique y a mí para que catalogáramos su biblioteca, vivía en un palacete ubicado en el número 51 del Paseo de la Castellana, esquina a las calles de Miguel Ángel y García de Paredes. Era un edificio con un jardín muy hermoso, en el que predominaban árboles castaños, que fue derribado para construir una moderna sede de La Caixa. Una breve escalera daba a un vestíbulo en el que había dos puertas, un ascensor antiguo y una escalera. La puerta de la izquierda comunicaba con el despacho y la vivienda del matrimonio y la de la derecha con unas habitaciones donde trabajamos, desde octubre de 1972 al mes de julio de 1974, junto con el secretario particular, Sr. Arana (no recuerdo su nombre), y, más tarde, con la persona encargada de organizar el archivo.

 El joven Areilza nació en una familia acomodada y culta, como lo fue su padre, D, Enrique Areilza, médico y cirujano de prestigio, que fundó varios hospitales como los de Basurto, Gorliz, Triano y La Arboleda. El mismo, como mínimo, mantuvo este estatus social al estudiar ingeniería industrial y derecho y al casarse con Dª Mercedes Churruca y Zubiría, Condesa de Motrico. Aprendió los tres idiomas más importantes de su época (alemán, inglés y francés), lo que le ayudó en su futura carrera diplomática y a mantenerse informado de las últimas tendencias, políticas, culturales, científicas y técnicas.
 
Con veinticinco años se inició en la política, tomando parte en las campañas electorales de la Segunda República española como monárquico independiente afiliado al Partido Renovación Española de Vizcaya. Ese mismo año, 1934, se convierte en miembro del Consejo Nacional de Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FE de las JONS). Sin duda, este hecho pudo influir en su nombramiento como alcalde de Bilbao durante la guerra civil española en el periodo comprendido entre 1937 y 1939. Al año siguiente, el general Francisco Franco le nombra director general del Ministerio de Asuntos Exteriores y, años más tarde, en 1946, Procurador en Cortes y consejero Nacional del Movimiento, cargo que desempeñó hasta 1958 durante varias legislaturas. Lo compatibilizó con su condición de embajador de España en la Argentina (1947-1949) del general Juan Domingo Perón y de su mujer, Eva Perón, que ayudaron a paliar el hambre de nuestro país. También fue embajador en los Estados Unidos de Norteamérica (1954-1960), coincidiendo con la presidencia del general Dwight D, Eisenhower, que contribuyó al reconocimiento internacional del régimen político de España. Debió desempeñar muy bien su trabajo, pues fue nombrado embajador en la Francia del también general Charles De Gaulle durante los años 1960-1964.
 
A partir de este último año se produce una brecha con el franquismo, pues regresa a los afanes por restaurar monarquía en la persona de D. Juan de Borbón, de cuyo Consejo Privado fue nombrado secretario. El distanciamiento de los principios de Franco no fue óbice para que le designaran miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1966. Fue un tiempo, que, dada la edad y el estado de salud del general Franco, empleó en concebir cómo habría que transformar el régimen existente en otro nuevo.
 
Una vez fallecido Francisco Franco, recibe el encargo de la cartera del Ministerio de Asuntos Exteriores en el primer gobierno de la transición política (1975-1976), presidido aún por D. Carlos Arias Navarro. En 1976 funda el primer Partido Popular junto con el también político D. Pío Cabanillas, y que se terminó integrando en la Unión del Centro Democrático (UCD), presidido por Adolfo Suárez González. Este hecho provocó que D. José María de Areilza abandonara la UCD y fundara Acción Ciudadana Liberal, partido que rigió hasta que se constituyó Coalición Democrática, partido en el que se aliaron varios pequeños partidos políticos. En 1979 fue elegido Diputado como miembro de esta Coalición. Dos años más tarde, fue designado presidente de la Asamblea del Consejo de Europa.
 
Su amplia bibliografía, su dominio de la lengua y su estilo literario fueron factores que contribuyeron a su nombramiento como miembro de la Real Academia Española en 1987.
 
José María de Areilza fue un escritor prolífico. Salvo error u omisión, he llegado a contabilizar unas 63 monografías en las que participó como autor, coautor o colaborador, 34 artículos de revistas, 5 conferencias, que fueron grabadas en su día, e infinidad de artículos aparecidos en la prensa periódica, algunos de los cuales se recopilaron en forma de libro. Entre sus obras podemos destacar algunos títulos como Reivindicaciones de España (editado en 1941), Historia de una conspiración romántica (1950), Embajadores sobre España (1947), Figuras y pareceres (1973), Así los he visto (1974), Diario de un ministro de la monarquía (1977), Una Europa en cambio (1982), Cuadernos de la transición (1983), Memorias exteriores: 1947-1964 (1984), Crónica de libertad: 1965-1975 (1985), La Europa que queremos (1986), A lo largo del siglo; 1909-1991 (1992) … Para escribir tan amplia y variada bibliografía, no bastaba la experiencia; necesitaba también una extensa cultura adquirida en centros docentes y mediante la lectura de muchas publicaciones. La conversación con José María de Areilza, siempre amena, asimismo revelaba esa formación y sensibilidad lograda a base de leer y de tratar a muchas personas.
 
La base de su biblioteca procedía de su padre, el doctor D. Enrique Areilza, pero él se encargó de irla aumentando mediante la compra de libros y los regalos de los autores y editores. De su progenitor procedían, además de las monografías de medicina y cirugía de escritores españoles y extranjeros, las de los grandes pensadores y publicaciones de historia y novedades literarias. Él aportó libros de literatura, política, sociología, economía, ciencia, los extensos tratados de historia, geografía, viajes y arte, de tema americano, las colecciones de mapas antiguos y una numerosa, pero selecta, recopilación de publicaciones de temática vascongada. Nos revela que nunca fue un bibliófilo, sino que buscaba en los libros su valor instrumental para volver a leerlo, encontrar una cifra, un dato o para revivir personas, historias, descripciones. En principio y a falta de una evaluación más precisa, las piezas más valiosas de su biblioteca era un incunable montserratino, una obra del siglo XVIII y una gran parte del manuscrito de las Bienandanzas e Fortunas de Lope García de Salazar, copia que perteneció al historiador Gonzalo Fernández de Oviedo.
 
Cuando D. José María de Areilza nos contrató a mi hermano José Enrique y a mí para que catalogáramos su biblioteca, vivía en un palacete ubicado en el número 51 del Paseo de la Castellana, esquina a las calles de Miguel Ángel y García de Paredes. Era un edificio con un jardín muy hermoso, en el que predominaban árboles castaños, que fue derribado para construir una moderna sede de La Caixa. Una breve escalera daba a un vestíbulo en el que había dos puertas, un ascensor antiguo y una escalera. La puerta de la izquierda comunicaba con el despacho y la vivienda del matrimonio y la de la derecha con unas habitaciones donde trabajamos, desde octubre de 1972 al mes de julio de 1974, junto con el secretario particular, Sr. Arana (no recuerdo su nombre), y, más tarde, con la persona encargada de organizar el archivo.
 A veces las visitas hacían sonar el timbre de la puerta derecha y, al abrirla, nos encontrábamos en el marco de la puerta con D. Manuel Fraga Iribarne, D. Pío Cabanillas, D. Antonio de Senillosa … que preguntaban por el Conde de Motrico y que se habían equivocado de puerta. Aquellos encuentros presagiaban que algo se estaba moviendo en la política española.
 
En el periodo en el que estuvimos catalogando la biblioteca de D. José María de Areilza (octubre de 1972 a julio de 1974), se produjeron numerosos acontecimientos políticos, además de los secuestros y atentados de la ETA. La Conferencia Episcopal publica en el mes de enero del intenso año de 1973 el documento La Iglesia y la comunidad política, que marca una nueva posición del sector eclesiástico en relación con el gobierno al que tan firmemente apoyó en sus primeros momentos. Franco empieza a delegar funciones en el almirante Luis Carrero Blanco, al que se considera su heredero ideológico, al nombrarle presidente del Gobierno. Un mes después de esta designación, Carrero se declara objetivo de ETA Militar en su VI Asamblea. Le ejecutaría el 20 de diciembre, dos días después de la controvertida visita de Henry Kissinger, secretario de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica, y la misma fecha en la que se iniciaba el Proceso 1001 contra dirigentes del sindicato Comisiones Obreras.
 
En el año 1974 el incierto futuro de España llama a la puerta de la historia. Al discurso pronunciado por el sucesor de Carrero Blanco, D. Carlos Arias Navarro, en el mes de febrero anunciando una timidísima apertura, se responde con la ejecución del activista catalán Salvador Puig Antic y con la formación del bunker dirigido por el exministro José Antonio Girón. En el último mes de trabajo, vivimos la efervescencia ocasionada por la flebitis de Franco y su hospitalización, la hemorragia gástrica del dictador y la asunción del príncipe Juan Carlos de Borbón de la interinidad de la Jefatura del Estado. Nuestra última jornada laboral coincidió con el alta médica de Franco.
 
La biblioteca estaba dispersa entre la planta baja y las superiores, donde vivían los hijos. Las estanterías de la planta principal eran de madera pintadas de color blanco mate y cubrían las paredes hasta el techo. Había una hermosa puerta de cristal que comunicaba el despacho de Areilza con el jardín. Recuerdo el juego de verdes pálidos, ocres y rojizos que se divisaban a través de los cristales durante los días de otoño.
 
Las ventanas de nuestro despacho daban a la plaza de Gregorio Marañón y desde ella contemplamos el 21 de diciembre de 1973, el entierro de Luis Carrero Blanco, la soledad del entonces Príncipe Juan Carlos y escuchamos los gritos dirigidos al cardenal Vicente Tarancón (Tarancón al paredón) y otros acontecimientos políticos del momento. Ese día recuerdo que D. José María de Areilza pasó a nuestra oficina y nos dijo con tono delicado: “Creo que sería mejor que se fueran a sus casas”.
 
Nunca supimos con exactitud quién facilitó a D. José María de Areilza el nombre de mi padre. Supusimos que había sido D. Pedro Sainz Rodríguez, fue alumno de mi abuelo, Justo García Soriano, y que estaba convencido de que era el padrino de Justo García Morales, cuando en realidad lo fue de un hermano suyo, Tomás, fallecido al poco de nacer. También pudo ser el periodista Vázquez Dodero, pues mi padre dirigía el centro de documentación del diario ABC, al que acudía por las tardes, en aquella época. En cualquier caso, debió ser alguien del círculo de Don Juan de Borbón o de la Fundación Universitaria Española. Y es que a mi familia directa siempre la ha valorado más los miembros de la tecnocracia, del Opus Dei o de la monarquía que los liberales, progresistas y gente de izquierdas a la que secularmente nos sentíamos más afines.
 
Lo único cierto es que el trabajo nos vino muy bien económicamente a los dos. Mi hermano José Enrique se había casado en 1971 y el contrato para la organización de esta biblioteca complementaba el pluriempleo que tenía que desempeñar para conseguir un sueldo digno. Durante los dos años y diez meses que estuvimos catalogando la biblioteca de Areilza, impartió clases de Historia del Arte en el Centro Universitario de Toledo, de Arte medieval y renacentista en la Universidad Autónoma de Madrid y fue profesor colaborador con el catedrático de Arte en la Universidad Complutense de Madrid, D. Antonio Bonet Correa. Contó con ayudas a la investigación del Patronato de dicho Centro para la compilación de lo que sería su tesis doctoral: la bibliografía de la pintura española. Así mismo obtuvo una ayuda de la Fundación Universitaria Española para estudiar y publicar los documentos existentes en el Archivo Campomanes sobre la enseñanza durante la ilustración y una beca de la Fundación March para realizar, en equipo con D. Antonio Bonet Correa, una bibliografía del arte español durante el período comprendido entre el siglo XVI y el año 1875.
 
Mi currículum de entonces era mucho más breve. Inicié el trabajo recién comenzado el último curso de mis estudios en la Facultad de Filosofía y Letras, Sección de Literatura española en la Universidad Complutense y comencé mi aprendizaje en la Escuela de Documentalistas en el curso académico 1973 – 1974. En 1972 escribí mis dos últimos prólogos para la Colección Púrpura de la Editorial Libra (Flores y Blancaflor. La Reina Sevilla y Mireia de Federico Mistral), que gestionaba Dª Enriqueta Jansá, que luego se convirtió en bibliotecaria de la Biblioteca de Cataluña, y cuyos títulos seleccionaba mi padre en su condición de director literario. Esta colección surgió para hacer la competencia a los Clásicos RTVE que publicaba la editorial Salvat. El precio de cada volumen de esta colección era de 25 pesetas y los de la Colección Púrpura, unas 15 pesetas. El truco consistía en editar obras huérfanas, no sujetas a derechos de autor, distribuirlas por correo postal a los suscriptores y pagar menos a los prologuistas entre los que nos encontrábamos mi padre, mis hermanos Justo y José Enrique y yo. Se imprimían en los talleres tipográficos Mateu Cromo. Nunca llegué a saber con seguridad quién había detrás de este proyecto editorial, pero mucha gente apuntaba a la familia Garrigues compuesta por juristas y políticos.
 
En el año 1973, una vez finalizada la carrera, conseguí una Beca del Programa de Cooperación Cultural entre España y los Estados Unidos de Norteamérica para conmemorar el bicentenario de la independencia de esta última nación. El asunto era el reflejo de las noticias de la sublevación de las colonias británicas y su emancipación a través de la prensa española de la época: Gaceta de Madrid y Mercurio Histórico y Político. Para llevar a cabo la investigación, comencé a desplazarme a la Biblioteca Nacional con asiduidad, donde leía estos periódicos y anotaba las páginas en las que aparecían las noticias para que las fotocopiara mi hermana Eloísa. Entonces su puesto de trabajo de reprografía al público se encontraba en un mostrador ubicado en una zona de paso, que daba a la escalera de caracol que subía al Salón de estudios[1] y a las escaleras que bajaban a la Sala Universitaria. Alguna vez la ayudaba atendiendo algunos lectores que no sabían buscar en los catálogos o resolviendo incidencias en las signaturas topográficas: la escrita en la ficha del catálogo o en la ficha de pedido no se correspondía con el libro que solicitaban. De esta manera, por la mañana practicaba lo que en horario de tarde aprendía en la Escuela de Documentalistas. Cuando iba a desayunar con Eloísa y sus compañeras, veía a una niña con cara de buena y con la que mi hermana tenía mucha confianza y amistad. Se llamaba Charo y trabajaba entonces en la Secretaría de la Biblioteca Nacional.
 
Realmente, el trabajo duro de la catalogación de la biblioteca de D. José María de Areilza lo realizaba mi hermano. Íbamos los dos a recoger libros y, cuando teníamos que acceder a las baldas más altas, él se subía por las escaleras a cogerlos y los bajaba hasta un peldaño donde yo los podía tomar. Luego llevábamos a pulso las publicaciones hasta la oficina. Él redactaba la ficha catalográfica destinada al catálogo topográfico, y las copias para el catálogo diccionario, tarea ésta última en la que yo le ayudaba a veces. Luego confeccionaba los tejuelos y los pegaba en el interior de la obra y en el lomo de la monografía. Los llevábamos de nuevo al salón o a la habitación y los colocábamos en la estantería. Algunas veces entraba el señor Conde de Motrico para preguntarnos cómo íbamos y si necesitábamos algo. También se interesaba sobre cómo estaban organizados los catálogos para saber la forma de buscar la información que necesitara. Los asientos bibliográficos estaban redactados conforme a las instrucciones vigentes en aquellos años y a los encabezamientos de materias publicados por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
 
Al menos a comienzos de la década de los años 1970, uno de los problemas aparentemente más triviales de una biblioteca de publicaciones impresas, pero que podía dificultar la localización de una obra concreta, era la adhesión de la etiqueta o tejuelo con su ubicación física dentro de la colección. Este problema se acentúa cuando la temperatura medioambiental, sobre todo en invierno por efecto de la calefacción, es elevada y seca el pegamento. Entonces se produce lo que José Enrique y yo llamábamos la lluvia de tejuelos. Las etiquetas se caen de los lomos de los libros y se caen al suelo por sí solas o al menor movimiento. Si, además, los patronos no quieren que se pongan cinta adhesiva transparente o papel de cello por la riqueza de algunas encuadernaciones y para que no se amarilleen con la temperatura, la solución resultaba muy difícil. Los dos “bibliotecarios” nos angustiábamos por este hecho, que nos obligaba a rehacer los tejuelos externos periódicamente, aunque el interior no sufra alteración alguna. Esta angustia aumentaba, cuando la educadísima señora condesa de Motrico entraba en nuestra zona de trabajo y nos interrogaba sobre las posibles soluciones y te proponía que encargáramos unos marbetes de color púrpura y escribiéramos los números con purpurina dorada. Al final, el debate sobre los tejuelos no llegó a ninguna conclusión y proseguimos con el mismo procedimiento. Hoy, supongo, que la mayoría de aquellas etiquetas, que pegué con tanto cuidado, se habrán caído y quiero tener la certeza de que alguien las habrá reemplazado o haya puesto una etiqueta con los números de las signaturas topográficas que abarcaban cada balda.
 
Al finalizar nuestra jornada laboral, algunos días acompañaba a mi hermano José Enrique hasta la calle Bravo Murillo casi esquina a la glorieta de Cuatro Caminos. Allí se subía a la camioneta (así se las denominaba entonces, que le llevaba a su domicilio en el Barrio del Pilar de Madrid, entonces en plena expansión. Desde sus terrazas se contemplaba una vaguada, que fue reivindicada durante años, hasta que se construyó un centro comercial en su solar. En el camino, conversábamos de todo: de sus trabajos, de su vida de recién casado, de mis estudios… A veces nos deteníamos en una cafetería, llamada Nebraska, situada muy cerca de la parada de la camioneta, donde bebíamos unas cervezas y comíamos unos bocadillos de salchichas de Frankfurt o una tortilla de patata con salsa de tomate. De regreso al domicilio de mis padres por la calle García Morato, como se llamaba entonces la actual calle Santa Engracia, yo iba pensando en mis asuntos y en la soledad que sentía, sin amigos, sin compañeras de la universidad que me hicieran caso, sin la presencia en nuestra habitación de mi hermano José Enrique, con el que tanto había jugado de pequeño y al que estaban asociadas mis primeras salidas sin la presencia paterna.
 
Algunos meses D. José María de Areilza se olvidaba de entregarnos el cheque de nuestro sueldo y se lo comentábamos al Sr. Arana, el secretario particular, buena persona y que llevaba años trabajando con él. Al principio se lo recordaba Arana y, al poco rato, aparecía en el despacho con ellos y pidiéndonos disculpas por la demora. Otras veces era mi hermano quien tenía que pedírselos, con el mismo resultado. Don José María de Areilza era un hombre de elevada estatura, de gran presencia, siempre vestido con trajes de americanas cruzadas, muy culto y educado y que sabía ponerse a la altura de las personas con las que conversaba.
 
Recuerdo un día, en los años 1980, que fue a saludar a mi padre a la Biblioteca Nacional. Estuvieron conversando prácticamente toda la mañana sobre libros, Don Pedro Sainz Rodríguez y sobre cultura. En la Biblioteca se formó un gran revuelo, sobre todo, por lo largo de la reunión. No pasó nada ni se conspiró ni contra nadie ni contra nada: sólo se encontraron dos grandes conversadores que tenían una amplísima cultura.
 
Anécdotas aparte, la verdad es que D. José María de Areilza usaba con frecuencia su biblioteca y se sentía orgulloso de ella, en particular, y de las bibliotecas en general, como muestran las líneas que transcribo a continuación procedentes del capítulo XVIII Mi biblioteca de su libro titulado A lo largo del siglo[2]:
 
… Fichar una biblioteca es tarea apasionante, no sólo para los expertos que la llevan a cabo, sino para el dueño de tanto libro que vuelve a verlos pasar, uno a uno, por el gabinete de identificación. Y allí aparecen los viejos amigos: los olvidados; los sorprendentes; los desconocidos. Una biblioteca es como una antigua ciudad enterrada: arqueología libresca. Cada golpe de azada revela, quizás, tesoros. La ordenación bibliográfica descubre, también, piezas de valor incalculable.

 
Clasificar una biblioteca es como despertar a miles de voces amigas que dormían en silencio a la espera de la lectura imprevista. Cuando ya el clamor se apaga en la ordenada disposición parece que un inmenso cortejo de gentes ha pasado en rápido desfile ante nuestra vista llenando, con sus personalidades, la soledad radical del hombre. ¿Y no será esa comunicación que rompe el aislamiento espiritual la misión de la cultura?
 
[1] Esta escalera fue diseñada por mi tío Luis García Camarero, arquitecto, que trabajó con D. Luis Moya en las obras de reforma de la Biblioteca Nacional de la década de los 1950. También se debía a él otra escalera de caracol que subía a las dependencias ocupadas por la Secretaría, luego Gerencia, que se encontraban en una zona de paso hacia las Secciones Especiales. Según nos contaba, materialmente tuvo que salvar el edificio de la Biblioteca Nacional durante la ejecución de las obras de reforma que ampliaban el Depósito General cinco plantas por debajo y que se destinarían a las publicaciones periódicas. Un día de julio, le avisaron de que el inmueble se estaba moviendo. Ausente el responsable de las obras, se desplazó a las mismas y bajó por una cuerda a los cimientos que se estaban cavando. En efecto, se desplazaba milímetros, pues se habían topado con una capa freática del río que transcurría por el Paseo de Recoletos y de la Castellana. Hubo que llamar urgentemente al Ministerio y éste a el Pardo, residencia del general Francisco Franco, para que autorizasen a desviar cemento y hormigón armado que se estaba usando en la construcción del Valle de los Caídos, para inyectarlo en los cimientos de la Biblioteca Nacional y evitar que ésta se siguiera moviendo y llegara, incluso, a desmoronarse.
En la actualidad trabaja en este organismo un hijo de Luis García Camarero: Rodrigo García Pérez, descendiente, además, por vía materna del escritor Francisco de Quevedo.
[2] Areilza, José María de A lo largo del siglo, 1909-1991. – Barcelona: Planeta, 1992. – P. 290-295