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08 REGRESO A LA BIBLIOTECA NACIONAL

 El 23 de abril de 1985 se publicó una convocatoria de oposiciones al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos en el Boletín Oficial del Estado. El número de plazas para la Sección de Bibliotecas eran 77, veinticuatro para la promoción interna y cincuenta y tres para el resto de los aspirantes. La cifra era excepcional y procedía sobre todo del número de funcionarios jubilados: la ley para la función pública aprobada el año anterior adelantaba la edad a los 65 años. Este hecho, unido a la privatización de las empresas públicas del Instituto Nacional de Industria, y la no renovación de mis contratos en el Departamento de Organización de Consultores de AUXINI, me decidió a presentarme.
 
Desde que empecé la preparación a las oposiciones al Cuerpo de Auxiliares de Bibliotecas de la Universidad Complutense de Madrid no dejé de actualizar mis conocimientos bibliográficos y biblioteconómicos. Me suscribí al IFLA Journal, al Boletín de la UNESCO para bibliotecas, a la Revista Española de Documentación Científica y al Boletín de la Asociación Española de Archiveros, Bibliotecarios, Museólogos y Documentalistas (ANABAD). Además, recibía un boletín de sumarios de revistas profesionales (creo recordar que elaborada por el Centro de Estudios Bibliográficos y Documentales) y solicitaba reproducciones de artículos que me interesaban. Cuando me enteraba de la publicación de algún libro español o extranjero que me resultara relevante, lo compraba y leía.
 
Como en la Universidad sólo trabajaba en horario de mañana, dedicaba las tardes a leer y traducir artículos en francés e inglés. De este último idioma solo tenía los escasos rudimentos de gramática y vocabulario que aprendí en una academia, en la calle Hileras, a la que asistí meses antes de mi primera operación, en 1977. También me formó mi sobrina segunda Ana María Sánchez Melero que me impartió algunas clases particulares. Traducía valiéndome del Diccionario Inglés – EspañolEspañol – inglés editado por Larousse. Mientras Dani, un periquito que teníamos entonces, revoloteaba por la habitación, se posaba en la mesa, picoteaba las hojas, cuando no se apoyaba en mi mano o en mi hombro. Así fui poco a poco informándome de las últimas tendencias en bibliotecas y preparando el temario de oposiciones, que me servía como índice de los conocimientos a adquirir, si bien priorizaba los relacionados con el formato MARC, las ISBD y la automatización de bibliotecas.
 
También me ayudó mucho el periodo de tiempo en el que estuve en la Sección de Bibliografía de la Biblioteca Nacional como contratado con titulación de Licenciado. Allí podía consultar las introducciones de muchos repertorios, al tiempo que los examinaba para clasificarlos y determinar su utilidad. Mercedes Dexeus Mallol, mi jefa de Sección, siempre me mostraba las últimas novedades profesionales y me orientaba sobre las monografías más relevantes.
 
Ese trabajo y el que realicé puntualmente con la colección de referencia de la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense, me sirvieron, además de para preparar las distintas oposiciones, en mi labor de profesor del Área de Bibliografía en el Curso de Biblioteconomía y Documentación, organizado por el Centro de Estudios Bibliográficos y Documentarios del Ministerio de Cultura, durante los cursos académico de 1980-1981, 1981-1982 y 1982-1983. A partir del curso 1983-1984 y hasta el primer trimestre del curso 1985-1986 me encargaron de la organización de dicha área en el Grupo A del mencionado Curso
 
No sé muy bien por qué Don Luis García Ejarque, que dirigía este Centro en dichos años, me propuso para esta tarea. Quizás fuera porque trabajé en el Servicio Nacional de Lectura, dirigido por Don Anselmo González Santos, cuando él ejercía de Comisario de Bibliotecas. También pudo influir que era hijo de mi padre, Justo García Morales, profesor titular de esta asignatura desde los años 1950, cuando se creó la Escuela de Bibliotecarios, antecedente de la Escuela de Documentalistas y del Centro de Estudios Bibliográficos y Documentarios.
 
El caso es que, cuando empezaron las oposiciones coincidimos en las mismas alumnos y profesor, lo que originó una situación como mínimo extraña y curiosa. Me miraban sorprendidos, con cierto recelo, pensando que era un enchufado, un privilegiado y que ya tenía ganada una plaza de antemano. No podían saber que, como ellos, era una persona que buscaba un puesto de trabajo seguro y bien remunerado y que, si bien podía saber algo más que ellos de Bibliografía, éramos iguales en otras disciplinas y ejercicios. Este hecho me marcó, pues me trataban de forma diferente a los demás y dificultaban mis relaciones humanas y personales con ellos. Tampoco se percataban de que había otros contrincantes con mucha más experiencia, conocimientos y edad que yo entre los opositores del turno restringido h. Con ellos no hacían tantas diferencias.
 
La oposición constaba de cuatro ejercicios y un curso selectivo de prácticas. El primero consistía en desarrollar un tema de carácter general rientado a aspectos socioculturales de la lectura y al impacto de las tecnologías de la información. En el segundo había que traducir dos textos profesionales en dos idiomas distintos y redactar un resumen de su contenido. Tenía una prueba opcional, que íserviría para mejorar la puntuación. Consistía en leer un artículo en una lengua extranjera y dialogar en ella con el tribunal,. El tercer ejercicio era la exposición de cuatro temas por escrito y lectura pública de los mismo. Las materias eran Bibliología, Biblioteconomía, Bibliografía y Documentación. El cuarto y último ejercicio era la resolución y exposición oral de un supuesto práctico sobre orientación bibliográfica, problemas de organización bibliotecaria o planes de promoción de la lectura. El curso selectivo tendría una duración de seis meses en el que se impartían “conocimientos necesarios para el futuro ejercicio profesional”: catalogación y clasificación de distintos materiales bibliográficos, promoción de la lectura y actividades culturales, informática aplicada y técnicas de gestión presupuestaria y de recursos humanos. El curso se complementaría con prácticas en bibliotecas.
 
Desde que se publicó la convocatoria hasta que se celebró el último ejercicio simultaneé el trabajo en Organización de Consultores con la preparación del temario; por las mañanas trabajaba y por las tardes, estudiaba hasta bien adentrada la noche. Preparé los temas del primer y tercer ejercicio con algunos antiguos compañeros de la Universidad Complutense. También utilicé algunos de los elaborados para las oposiciones del Cuerpo Auxiliar de Bibliotecas y otros que me facilitaron algunos bibliotecarios en activo que databan de cuando aprobaron su oposición. Además, leí varias monografías sobre historia del libro y de las bibliotecas y capítulos de manuales extranjeros sobre bibliografía, biblioteconomía y documentación.
 
Recuerdo aquellas tardes sentado en la mesa del cuarto de estar de mi domicilio o tumbado en un sofá cama estudiando y pensando. El pensamiento lo usaba para razonar el asunto, estudiar y elaborar esquemas que hacía y rehacía varias veces hasta estructurar las ideas básicas de forma lógica y descendiendo de lo más general a lo más detallado. Mientras estudiaba escuchaba en el radiocasete música de Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute y de Simon y Garfunkel. Mi mujer procuraba interrumpirme lo imprescindible. Por la mañana íbamos juntos al trabajo. Ella se bajaba en la parada del autobús del Paseo de Recoletos que había frente a la Biblioteca Nacional y yo continuaba en la misma línea hasta la parada de la calle Marqués de Villamagna y su continuación, Don Ramón de la Cruz, hasta el número 39 donde tenía su sede OCSA.
 
Ese verano lo pasamos en Madrid, salvo una semana en Torrevieja con mis padres y hermana y unas noches de agosto que vimos una zarzuela en una corrala del barrio de Lavapiés, otra en un local al aire libre habilitado para este evento en la Gran Vía de San Francisco. También fuimos a la Verbena de la Paloma el 15 de este mes.
 
Después de cada ejercicio procuraba volver a casa sin comentar apenas nada con los demás opositores para evitar la guerra psicológica y las incertidumbres sobre si había hecho mal o bien el examen. En el momento de las lecturas públicas, actuaba de la misma manera: acudía con el menor tiempo posible antes de mi intervención. Esta conducta tal vez me separó de mis compañeros y contrincantes y dificultaron mis relaciones posteriores.
 
Poco a poco fui superando la oposición hasta que comenzó el curso selectivo. El principal cambio fue que hice las prácticas en la Biblioteca Nacional y que durante todo este tiempo cambié mi horario en el trabajo: acudía por las tardes a Organización de Consultores. Durante el curso hubo de todo: reiteración, al menos para mí, de las clases de catalogación y clasificación, sensación de pesadez con las relativas a la gestión de recursos y sorpresa con el espectáculo que nos facilitó Blanca Calvo Alonso Cortés para mostrarnos una actividad de animación a la lectura. En los descansos de las clases conversaba con compañeros, algunos exalumnos míos, lo que les producía risas y bromas. Hablaba con Begoña Marlasca, Emma Cadahía, Aurora García Fernández, María Antonia Carrato, Santiago Caravias, Ramón Abad, María Luisa Álvarez de Toledo, Jaime Peón, Matilde Medina, Xavier Agenjo, José María Gómez, Antonio Magariños, Carmen Casal, Guillermo Sánchez Martínez, Teresa García Panadés, Margarita Becedas, Margarita Taladriz, Ana María Sánchez Melero y otros muchos de los que nos habíamos presentado al turno libre.
 
Estábamos llamados a ser la promoción del cambio, de la transición a las nuevas tecnologías de la información y de la gestión de toda clase de recursos. Diferíamos de las anteriores promociones de facultativos de bibliotecas del Estado. A ellos les exigieron otros conocimientos: latín, paleografía, análisis documental de manuscritos, incunables, libros contemporáneos en varios idiomas y de otras clases de materiales bibliográficos. También tenían una formación humanística. De hecho bastaba con el título en algunas de las especialidades de Filosofía y Letras. Nuestras oposición y las siguientes se abrieron a otras carreras universitarias. Nuestros predecesores disponían además, de una formación en las técnicas catalográficas y de organización del conocimiento; nosotros, en teoría, contábamos con menos formación en lenguas clásicas y práctica en análisis documental. La mayoría de nosotros éramos, reitero, más gestores administrativos y tecnólogos. De hecho, algunos de mis compañeros se reconvirtieron a funcionarios de los Cuerpos Superiores de la Administración del Estado y de Técnicos de la Información.
 
Para celebrar el final de la oposición, se organizó una cena en un restaurante de la calle Arrieta y un baile en un club de la calle Jardines. Allí se reveló la diferencia de edades entre nosotros: los había mayores, con hijos, y los había muy jóvenes con apenas veinte y pocos años y que hicieron correr el alcohol y algún cigarrillo de marihuana que otro. Esta fiesta me recordó a aquella que planearon una promoción del Centro de Estudios Bibliográficos y Documentarios y a la que nos llevaron a Jorge Tarlea López Cepero y a mí, sus profesores de Bibliografía, al Molino Rojo en la calle Tribulete.
 
Al concluir el curso se organizó un viaje para visitar sobre todo la Biblioteca Nacional de Francia y la Biblioteca Británica. Supongo que se quería emular al histórico viaje en barco de los licenciados de la Universidad Complutense de 1934 y que pretendía que aprendiéramos de las bibliotecas extranjeras para implementar en las españolas algunos de sus avances técnicos y tecnológicos. Yo no fui a este viaje pues estaba trabajando en Organización de Consultores y precisaba su retribución para vivir día a día. Algunas veces he pensado que esta decisión no le hizo mucha gracia al Ministerio de Cultura y, en concreto, a la Dirección General de la que dependían las bibliotecas entonces. Lo cierto es que no contaron conmigo en el futuro y las veces que tuvieron que aceptar mi presencia, fue porque representaba a la Asociación de Archiveros, Bibliotecarios, Museologos y Documentalistas (ANABAD) en mi condición de vicepresidente de la misma o porque asistía a reuniones o grupo de trabajo representando a la Biblioteca Nacional. También es verdad que no era de los funcionarios que iba de forma regular por el Ministerio de Cultura como sí lo hacían otros compañeros.  
 
Finalmente llegó el instante de la elección de puesto de trabajo. Jerónimo Martínez Martínez, que ejercía a la vez de subdirector General de Bibliotecas y de Director de la Biblioteca Nacional desde la jubilación de Hipólito Escolar Sobrino, nos reunió a todos, promoción interna y turno libre, y nos facilitó una relación de destinos para que la estudiásemos y luego, cuando nos nombrara, dijéramos el destino que queríamos de las que fueron quedando libres.
 
En primer lugar solicitaron plaza los diez y seis funcionarios de Promoción interna. La mayoría pidieron el puesto de trabajo en la ciudad y en el centro de trabajo donde desempeñaban sus funciones en calidad de miembros del Cuerpo de Ayudantes. Ocho de estos puestos estaban destinados a distintos servicios de la Biblioteca Nacional, alguno de ellos de nueva creación, como el denominado Gabinete de Servicios Informáticos y que fue el elegido por mi compañera María Concepción Sanz Bombín. Yo también aspiraba a esta plaza, lo que sabían algunos bibliotecarios en activo en esta institución. Conocían mi trabajo en el desarrollo del Sistema Sabini que era la misma que había obtenido la programación del Sistema Automatizado de la Biblioteca Nacional (SABINA). Pensaban que podría servir como el interlocutor más válido con la empresa y el que podría facilitar su puesta en funcionamiento. La elección de Conchita Sanz Bombín nos sorprendió a todos y originó cierto revuelo, uno más de los muchos que han sacudido a la Biblioteca Nacional.
 
Una vez finalizada la selección del turno de la Promoción Interna, comenzaron a nombrar al resto de los nuevos funcionarios. Yo obtuve el cuarto puesto, al no haberme presentado a la opción de la lectura y entrevista en lengua extranjera lo que me restó algunos puntos. Los compañeros que me precedían, José Manuel Buján Núñez, José María Gómez Rodríguez y Miguel Jiménez Aleixandre eligieron, respectivamente, puestos en la Biblioteca Pública de Pontevedra, Universidad Complutense y Biblioteca Nacional. Las plazas que quedaban para esta última eran o menos interesantes o tenían un nivel inferior (el 22 de forma mayoritaria). Cuando me tocó mi turno, teniendo en cuenta mi vocación por la información bibliográfica, opté por la Sección de Consulta y Referencia de la Hemeroteca Nacional, situada entonces en la calle de la Magdalena y dirigida por Don Carlos González Echegaray.
 
Recuerdo que Conchita Sanz Bombín y yo nos encontramos cerca de la puerta del antiguo Servicio de Bellas Artes y Mapas. Tuvimos un intercambio de palabras desagradable, sobre todo, por mi parte, lo reconozco. Después seguimos nuestros caminos y nos incorporamos a nuestros destinos. Si en ese momento hubiera sabido el trabajo y los problemas que tuve como responsable de los servicios informáticos, me habría callado y habría aceptado aquel destino como un paraíso perdido. Honradamente creo que todo hubiera sido distinto.
 
Algunas compañeras se solidarizaron conmigo y una de ellas, Aurora García Fernández. La conocía de cuando trabajaba en la Facultad de Psicología de la Complutense y yo en el Centro de Cálculo y acudía a grabar los datos catalográficos en el microordenador donde funcionaba la aplicación desarrollada. Aurora permutó la plaza que había elegido en la Biblioteca Nacional por otra en la Hemeroteca para acompañarme, pues le resultaba indiferente trabajar con las publicaciones periódicas en uno u otro centro.
 
Allí nos fuimos. Don Carlos González Echegaray nos recibió y acogió con su amabilidad exquisita. Era un bibliotecario erudito, filólogo, bibliógrafo, historiador y especialista en historia y cultura del País Vasco y desarrollo una parte de su carrera como bibliotecario en Guinea ecuatorial, la antigua colonia española. Sucedió al anterior director de la Hemeroteca Nacional, Don Ramón Fernández Pousa. González Echegaray llevó a cabo el traslado desde su anterior sede en la calle Zurbarán casi esquina a Santa Engracia al Palacio de Perales, que ahora ocupaba y que había sido rehabilitado para su nueva función. Hoy este edificio alberga la Filmoteca Nacional.
 
González Echegaray me trató con respeto y afecto casi filial. Me consideraba un experto en informática y siempre me consultó los temas relacionados con la automatización. También me pidió que le asesorara sobre la contratación de una base de datos bibliográfica de noticias especializada en ciencias sociales, que entonces comercializaba Don Juan Beitia. Éste, poco tiempo después, fundaría la empresa Baratz, diseñadora del sistema Absys para la automatización de bibliotecas. Por entonces recuerdo que la Hemeroteca solo tenía un ordenador con acceso a los Puntos de Información Cultural (PIC) y un programa doméstico para controlar diarios y revistas de información general. El servicio de referencia disponía de una colección de obras de consulta, los catálogos propios para las publicaciones periódicas, un salón de lectura y unos ficheros de noticias de prensa y fotografías. Se ocupaban de su selección, redacción de las referencias y elaboración de los resúmenes varios periodistas, algunos de los cuales trabajaban, además, para alguna cabecera.
 
Mientras tanto, Aurora García Fernández, bibliotecaria de campo y brega, se ocupaba de mejorar las catalogaciones de la prensa, revisar las colecciones de cada título, asegurar su conservación y ordenar el depósito. Estuvo más años que yo en la Hemeroteca, hasta que finalizó el traslado de los volúmenes de prensa a los almacenes que la Biblioteca Nacional tenía alquilados en San Fernando de Henares a la espera de que finalizaran las obras de construcción del edificio en la carretera de Alcalá de Henares a Meco. Luego concurso a un puesto de trabajo en el archivo de la inspección de Hacienda y más tarde se incorporó al sistema de bibliotecas de la Comunidad autónoma de Madrid.
 
El edificio que ocupaba la Hemeroteca Nacional, el antiguo palacio de los marqueses de Perales, era complejo de conocer, sobre todo si subías a las plantas superiores en el ascensor. En unas se abría la puerta por un lado y en otras por el contrario. Este hecho me producía confusión y casi nunca acertaba a la primera al lugar donde quería ir. Nuestro despacho era un espacio con dos mesas que daban a la calle del Olivar. En el piso de la casa de enfrente a nuestro despacho había un prostíbulo. A primera hora de la mañana se podía escuchar los gritos y las palabras de la madama pidiendo a los clientes que desalojaran la habitación y dejaran descansar a sus trabajadoras. Al ser una calle muy estrecha, era frecuente escuchar las conversaciones de los transeúntes, de las personas que se paraban a hablar, el ruido de los automóviles que circulaban por ella y la carga y descarga de las furgonetas y camiones de reparto. No era un espacio muy adecuado para trabajar ni para concentrarse. Yo miraba sorprendido por el balcón y me quedaba escuchando las voces de la calle, hasta que mi compañera cogía los instrumentos de trabajo y nos íbamos cada uno a nuestros destinos, el depósito de prensa y la sala de lectura,
 
Francamente, no me integré en aquel puesto de trabajo ni aporté nada del más mínimo interés. Me incorporé a finales del mes de abril y en septiembre ya trabajaba en el Paseo de Recoletos. Es decir, estuve poco más de cuatro meses, menos si tenemos en cuenta que disfruté de mis vacaciones reglamentarias en el mes de agosto.
 
Además, por esa misma época comenzaron a solicitar mi participación como profesor de cursos organizados por asociaciones profesionales y universidades. Así intervine en el Curso sobre bibliotecas universitarias, celebrado durante el mes de abril de 1986 en Santiago de Compostela, que celebró ANABAD - Galicia en colaboración con la Universidad de Santiago. En él impartí conferencias sobre Planificación de la automatización de una biblioteca y descripción funcional de un sistema bibliotecario automatizado.
 
Aproximadamente unos días después de mi llegada a la Hemeroteca Nacional, se publicó el Real Decreto 848/1986 que definía las funciones y la estructura básica de la Biblioteca Nacional. Entre otros asuntos se promulgaba la incorporación en la misma del Instituto Bibliográfico Hispánico, el Centro Nacional del Tesoro Documental y Bibliográfico y la Hemeroteca Nacional, que, hasta entonces, habían sido organismos diferentes dependientes de la Subdirección General de Bibliotecas en sus distintas denominaciones. El 12 de junio apareció el nombramiento de Juan Pablo Fusi Aizpurua como director de la Biblioteca Nacional (9 de junio de 1986 - 3 de mayo de 1990) y nueve días más tarde, el 21 del mismo mes, la Orden del Ministerio de Cultura por la que se desarrollaba la estructura básica de la Biblioteca Nacional.
 
Mientras sucedían estos hechos, estaba pendiente de que se resolviera una petición de compatibilidad con el trabajo que desempeñaba en Organización de Consultores S.A. (OCSA). La Inspección de trabajo del Ministerio se demoró en resolver mi solicitud. Me citó el propio inspector Jefe, apellidado Bermúdez de Castro, que al ver el importe que me abonaban en la empresa exclamó de forma desabrida: “¡Que vergüenza que le paguen tanto dinero por andar con ordenadores!”. Después de eso tenía claro que me iban a denegar la compatibilidad, pero aún no era oficial, porque tenía que recibir el oficio comunicando la decisión. Al final llegó en el mes de junio. En efecto no me concedían la compatibilidad por un escaso complemento de destino que percibía como Jefe de Sección de Consulta y Referencia. Así pues, comuniqué la decisión a OCSA y a comienzos del mes de julio de 1986 abandoné la empresa y mi colaboración en el proyecto de desarrollar un sistema integrado de gestión de bibliotecas totalmente español.
 
Ese mismo mes colaboré en el cursillo de formación sobre automatización de catálogos que el INEM y la Dirección General del Libro y Bibliotecas del Ministerio de Cultura organizó para el personal contratado del Centro del Patrimonio Bibliográfico.
 
Los directores de algunos departamentos de la Biblioteca Nacional y los directivos de OCSA hablaron de mi a Juan Pablo Fusi. Todos le informaron de la conveniencia de que me encargara del recientemente creado Gabinete de Servicios Informáticos, adscrito a la Gerencia, para que pusiera en funcionamiento los equipos informáticos y el programa de automatización de los procesos de este organismo.
 
Una mañana me llamó la secretaria del director para que mantuviera una reunión con él. Allí fue y me reconoció que tenía ganas de conocerme pues todo el mundo le hablaba de mí. Me preguntó si había trabajado desarrollando un programa para bibliotecas y si había intervenido en el SABINA; también me comentó que la situación era casi insostenible pues los ordenadores estaban arrinconados en un habitáculo sin sacarlos si quiera de las cajas y si estaba dispuesto a ayudar en la solución de esa situación. Me extrañaba algunas de las cosas que me decía, pues de hecho había una persona encargada de esas tareas, mi compañera Concepción Sanz Bombín. No quise ahondar en más y le pregunté si había alguien más destinado a la informatización, pues yo no sabía gran cosa de la puesta en marcha de los equipos físicos. Aún no estaba muy al tanto de todos los detalles de la Biblioteca Nacional, pero creía que el Ministerio había enviado a un informático. Finalmente acepté la oferta y quedamos en que me incorporaba en el mes de septiembre y que él lo comunicaría a Don Carlos González Echegaray y al Gerente de quien iba a depender en lo sucesivo.
 
Hablé con el director de la Hemeroteca Nacional y le expuse lo que había tratado con Juan Pablo Fusa. Él se alegró por mí y me felicitó. A quien no pude decir nada personalmente fue a Aurora García Fernández: ese mes estaba ella disfrutando de sus vacaciones. Cuando pude hacerlo, me confesó que lo tenía asumido desde el primer momento y que ella continuaría trabajando con las publicaciones periódicas. La verdad es que me sentí mal: me pareció que traicionaba de alguna manera a la única persona que me ayudó al tomar posesión de mi puesto como Facultativo de bibliotecas. Pocos años después, volveríamos a trabajar junto en la ANABAD, ella como vocal de la rama de Bibliotecas y yo como vicepresidente. Entre otros asuntos tuvimos que encargarnos, en representación de la Asociación, de colaborar en la organización del Congreso de la IFLA que se celebró en Barcelona en 1993, de automatizar la base de datos de socios, organizar cursos de formación y de publicar la traducción al español de la serie de normas ISBD para las diferentes clases de publicaciones y para la gestión de los ficheros de autoridades.